Listeria monocytogenes, una bacteria singular responsable del último brote de listeriosis

Estos últimos días de agosto hemos podido leer en la prensa una gran cantidad de noticias sobre un brote de listeriosis en España, causado por un producto cárnico, “carne mechá”, elaborado por una empresa andaluza y que en el momento de escribir estas líneas afecta al menos a 140 personas, pudiendo aumentar la cifra a más de 500 que están en espera de confirmación de la presencia de la bacteria en su organismo. Lamentablemente, ya ha causado un fallecimiento; una anciana de 90 años – uno de los grupos de riesgo-; y se está estudiando la implicación en un parto prematuro y algún bebé ingresado – otro de los grupos de riesgo: embarazadas y neonatos. Además, dado que el periodo de incubación de listeria es de hasta 70 días, no se descarta que el número de afectados siga creciendo en las próximas semanas.

¿Qué es la listeriosis?

La listeriosis es una enfermedad causada principalmente por la infección de la bacteria Listeria momocytogenes. Aunque también hay otras especies del género Listeria que han sido aisladas de algunos brotes de listeriosis como son Listeria ivanovii o Listeria grayi.

L. monocytogenes es una bacteria gram positiva que está ampliamente distribuida en la naturaleza. Puede encontrarse tanto en el agua como en la tierra, además de en plantas o el tracto gastrointestinal de distintos animales. Además, esta bacteria puede sobrevivir durante largos períodos de tiempo adherida a distintas superficies gracias a su capacidad de formar biofilms. Esto puede ocurrir, por ejemplo, en la superficie de plantas elaboradoras de alimentos. Desde todos estos nichos, puede contaminar alimentos, cuya ingesta es la principal ruta de infección en humanos, como ha sido el caso de este último brote.

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Micrografía electronica de una célula de L. monocytógenes.

Otra característica importante de esta bacteria y que explica su capacidad de contaminar y desarrollarse en los alimentos, es que puede crecer a temperaturas de refrigeración – ¡incluso a 0ºC! Esto hace que las medidas habituales de conservación, basadas en la refrigeración, sean inútiles en la prevención del desarrollo de L. monocytógenes. Afortunadamente, L. monocytogenes es sensible al calor por lo que si el proceso de elaboración incluye un tratamiento térmico como la pasteurización, o los alimentos contaminados son consumidos después de ser cocinados a altas temperaturas, se reduce el riesgo de infección.

Los alimentos más frecuentemente asociados a infecciones por L. monocytogenes son vegetales frescos, carnes y embutidos (fiambres de pollo, pavo, etc), leche cruda y quesos blandos (fresco, feta, brie, queso azul, camembert). Otros alimentos de alto riesgo incluyen las pastas de carne para untar y los patés refrigerados, así como los mariscos ahumados refrigerados.

¿Qué síntomas provoca la listeriosis?

En general, en adultos sanos, los síntomas que provoca la listeriosis son bastante leves: molestias gastrointestinales asociadas a diarreas, fiebre y congestión, que a menudo se confunden con un resfriado o gripe. Sin embargo, en ciertos grupos de población con problemas de inmunosdeficiencia, como son los ancianos o los bebés, los síntomas pueden ser más graves pudiendo provocar endocarditis, neumonía o septicemia (1). En algunos casos deriva a meningoencefalitis con fiebre, dolor de cabeza intenso, náuseas y vómitos. Otro de los grupos de riesgo son las embarazadas, ya que L. monocytogenes es capaz de atravesar la placenta e infectar el feto en desarrollo. La madre puede no presentar síntomas graves, pero la infección puede provocar el aborto, especialmente entre el segundo y el sexto mes, o si el bebé nace infectado, provocar lesiones que llevan a la muerte en pocos meses.

Mecanismo de infección de L. monocytogenes

L. monocytogenes es un parásito intracelular, que como hemos visto anteriormente entra en nuestro organismo mediante el consumo de alimentos contaminados. Una vez en nuestro tracto digestivo L. monocytogenes es capaz de penetrar en las células del epitelio intestinal gracias a que produce unas proteínas denominadas internalinas (LnlA y LnlB), las cuales interaccionan con un receptor de las células del epitelio intestinal llamado E-cadherina. Esta interacción induce la fagocitosis, es decir la entrada de L. monocytogenes en nuestras células, aunque atrapada en el interior de un fagosoma. Para escapar antes de ser destruida, L. monocytogenes produce dos proteínas: 1) listeriolisina O (LLO), una toxina citolítica y hemolítica capaz de formar poros en las membranas, y 2) fosfolipasas C (PLCs), enzimas que le permiten destruir el fagosoma hidrolizando los lípidos de su membrana y así pasar al citoplasma de la célula infectada. Después, para poder moverse por el citoplasma e infectar células adyacentes, L. monocytogenes produce una nueva poteína, (ActA), la cual es capaz de inducir la polimerización intracelular de la actina creado una especie de caminos por los que L. monocytogenes es capaz de desplazarse y continuar la infección de otras células del epitelio intestinal hasta finalmente llegar al torrente sanguíneo desde donde puede infectar al resto de órganos de nuestro cuerpo (1).

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Ciclo de infección intracelular de L. monocytógenes. Ver texto saber el nombre de las proteínas indicadas. Fuente Wikipedia. Imagen original por Daniel A. Portnoy, Victoria Auerbuch, and Ian J. Glomski – Portnoy, D.A, et al. 2002. Originally published in the Journal of Cell Biology. doi: 10.1083/jcb.200205009., CC BY-SA 3.0 us,

Como hemos visto, la primera pieza de nuestro organismo que “permite” la entrada de L. monocytogenes a las células del intestino es el receptor E-cadherina. Pero este mismo receptor se encuentran además en otras dos regiones de nuestro cuerpo, generalmente muy resistentes a la infección: la barrera hematoencefálica y la barrera placenta-feto. La presencia de estos receptores en estas barreras explica la capacidad de L. monocytogenes de provocar meningitis y de infectar al feto provocando abortos. Así como la alta tasa de mortalidad en grupos sensibles (20-30%) que puede alcanzar el 70% si los pacientes no reciben un tratamiento a tiempo.

Tratamiento frente a L. monocytogenes

Afortunadamente L. monocytógenes es muy sensible a los antibióticos, por lo que si se detecta a tiempo la infección puede remitir mediante la administración de penicilina, ampicilina, gentamicina, eritromicina, tetraciclinas, rifampicina, cotrimoxazol y vancomicina. Sin embargo, como hemos visto en un inicio, los síntomas que provoca suelen confundirse con afecciones leves por lo que muchas veces hasta que no se manifiestan síntomas graves no se inicia el tratamiento, siendo en algunos casos demasiado tarde. Este es el caso de las mujeres embarazadas, donde la levedad de los síntomas en la madre, unido a que generalmente durante el periodo de gestación se prescriben menos fármacos, hace que la infección pueda afectar al feto.

Prevención en alimentos

Ya que L. monocytogenes se encuentra muy diseminado en la naturaleza, la mejor protección es la de mantener unas buenas condiciones higiénico sanitarias en las plantas de elaboración de alimentos, además de realizar controles rutinarios obligatorios, tanto de la materia prima como del producto elaborado final. Como hemos visto, la capacidad de L. monocytogenes de crecer a bajas temperaturas hace ineficaces las medidas de conservación en frío. Por lo que además es aconsejable no consumir alimentos crudos, y optar por alimentos cocinados a altas temperaturas o cuyos ingredientes hayan sido tratados con un proceso térmico, como la pasteurización, especialmente en los grupos de riesgo (personas mayores, embarazadas, …). En general, estas medidas se cumplen, de hecho la tasa de infección anual por 100.000 habitantes varía entre el 0,3 y el 0,8%, aunque puede alcanzar el 5% durante algunos brotes epidémicos.

L. monocytogenes como caballo de Troya

¡No todo ha de ser negativo!, en primer lugar, la investigación sobre L. monocytógenes nos ha permitido establecer medidas preventivas (tratamiento con calor) o terapéuticas (sensibilidad a los antibióticos) para evitar o tratar su infección. Además, el conocer los mecanismos moleculares y celulares de infección de este parásito intracelular ha permitido que en la actualidad se haya pensado en él como una herramienta biotecnológica para el desarrollo de vacunas (2) o incluso para el tratamiento de ciertos tipos de cáncer mediante inmunoterapia dirigida (3), algunas de las cuales ya están en fase de ensayos clínicos con resultados esperanzadores. En estos casos la idea es utilizar la capacidad de infección de L. monocytogenes como caballo de Troya (su capacidad de entrar en las células, desplazarse por el citoplasma e infectar a otras células cercanas), para llegar por ejemplo al interior de células tumorales y destruirlas. Es por supuesto necesario modificar genéticamente a L. monocytogenes para reducir su virulencia e “incorporarle proteínas que permitan el reconocimiento específico de las células tumorales».

Referencias

1.- Vázquez-Boland JA, Kuhn M, Berche P, Chakraborty T, Domínguez-Bernal G, Goebel W, González-Zorn B, Wehland J, Kreft J. 2001. “Listeria pathogenesis and molecular virulence determinants”. Clinical Microbioly Reviews. 14(3):584-640.

2.- Flickinger JC Jr, Rodeck U, Snook AE. 2018. “Listeria monocytogenes as a vector for cancer immunotherapy: Current Understanding and Progress”. Vaccines (Basel). 25;6(3).

3.- Singh R, Wallecha A. 2011. «Cancer immunotherapy using recombinant Listeria monocytogenes: transition from bench to clinic». Human Vaccines. 7 (5): 497–505.

By | 2019-08-23T13:20:57+00:00 agosto 23rd, 2019|Dciencia Medicina, Divulgación, portada|0 Comments

About the Author:

Victor Ladero
Licenciado en Biología por la Universidad de Oviedo, realicé mi tesis sobre bacteriófagos que infectan a Bacterias Lácticas y sus aplicaciones biotecnológicas en el Área de Microbiología de la Facultad de Medicina en la Universidad de Oviedo. Trabajé dos años en la Universidad Católica de Lovaina, Bélgica, en el departamento de Genética Molecular en el desarrollo de nuevas cepas de interés alimentario. Posteriormente me incorporé al Instituto de Productos Lácteos de Asturias (IPLA-CSIC) donde soy Científico Titular en el Grupo de Microbiología Molecular y mi trabajo se ha centrado en la búsqueda de aplicaciones y soluciones encaminadas a mejorar la calidad y seguridad alimentaria basadas en las Bacterias Lácticas y sus bacteriófagos. Además, soy socio fundacional de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia (AEAC) desde la que colaboro en la difusión de la ciencia para que ésta llegue a la sociedad

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