Cajal y Ochoa, los dos grandes de la ciencia española

Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa son nuestros inconmensurables robinsones hispánicos, los acantilados en el océano delicuescente, insidioso y timorato que es la ciencia en España, casi siempre, intermitente y precaria. En mi opinión, y lamentablemente, alcanzaron esta posición solo porque consiguieron el premio Nobel, que fue lo que, en realidad, motivó el interés de los gobiernos respectivos en encumbrarles y hacerse con ellos. También en ciencia se produce el efecto Mateo, de forma que las oportunidades se concentran en quienes más prestigio acumulan.

La ciencia está más llena de incertidumbres de lo que se imagina quien no se dedica a ella. Por muy riguroso que sea un protocolo, las posibilidades de error son innumerables. El azar influye en el resultado igual que en el de un poema. Lo que aparece regido por valores cuantitativos, por las mediciones microscópicas de una precisión inaudita, por las lentes prodigiosas de los microscopios puede estar sujeto a vaguedades y a los engaños de la percepción humana. Lo que caracteriza a un maestro son “los modos”: el modo de saber lo que se ignora y el de ignorar con dignidad y modestia lo que no puede saberse; el aspirar a conocer la verdad y el sentirse irremediablemente limitado al abordar el camino que han de recorrer. Cajal y Ochoa se embarcaron en dos grandes aventuras del saber: ¿Cómo funciona el cerebro? y ¿Qué es la vida? Y utilizaron con destreza las dos principales herramientas de su profesión: la perseverancia y el afán por descubrir, y, ya se sabe, aunque al saber lo llaman suerte, percibimos poco lo que cuesta conseguirlo.

No se puede dudar de la trascendencia de los descubrimientos de estos dos científicos. Cajal, con su teoría de la neurona, sentó las bases de la neurociencia moderna y el descubrimiento de la enzima con la que Ochoa logró sintetizar en un tubo de ensayo el ARN, fue la clave para comprender el código genético de los organismos que viven en la tierra y supuso el inicio de la biología molecular. Hay mucho y bueno escrito sobre ellos, sin embargo, hay poco sobre sus aportaciones a los problemas de agencia y de gestión de la ciencia como empresa al servicio del bien común. A mi juicio, lo mejor es acudir a sus propios escritos, y es lo que aquí pretendo. Cajal fue pródigo en ellos, no así Ochoa que de esto escribió poco, sin embargo, tuvo a bien dejar lo que pensaba al respecto a su biógrafo de cabecera.

El mismo año que le dieron el Nobel a Cajal, el por entonces presidente del gobierno Segismundo Moret le propuso a Cajal el Ministerio de Instrucción Pública. Cajal trabajó en la elaboración de un programa de política científica y universitaria, aunque finalmente no aceptó la invitación. Al año siguiente en 1907, el ministro de instrucción pública Amalio Gimeno le ofreció la presidencia de la Junta para la Ampliación de Estudios (JAE). Cajal acepto el cargo y lo ejerció durante más de 25 años.

La JAE se inspiró en la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y de hecho en 1907, fue su reencarnación. La ILE había sido creada en 1876 por un grupo de académicos e intelectuales que fueron expulsados de la Universidad por no acatar la orden de someterse a la ortodoxia católica rechazando cualquier componenda entre el catolicismo y la libertad, y que intentaron desarrollar sus ideas como centro educativo privado al margen del sistema y a pesar del sistema. Cuando fueron repuestos, de nuevo, en sus cátedras en 1881, entendieron que lo mejor era promover la renovación educativa sin enfrentarse con las autoridades. Esa fue la inspiración y la fuerza intelectual motriz que impulsó a la JAE que se convirtió en una verdadera universidad autónoma, financiada por el Estado, pero al margen y sin las obligaciones del resto de las Universidades.

La intención de Cajal en la JAE era la de hacer del país un ente científico, lo que implicaba admitir que todos los problemas, desde la gestión del territorio hasta la lengua, pasando por la salud mental, el desarrollo industrial o la contabilidad pública nacional podían transformarse en problemas de laboratorio y, en consecuencia, que los científicos se convirtieran en actores públicos de una gran relevancia. Cajal, estaba convencido que la pujanza de un país tenía más que ver con la actividad de los laboratorios que con la riqueza de sus minas o la abundancia de sus cosechas1. En esta tarea, la JAE se centró en tres programas: estudios en el extranjero, trabajos dentro de España y la creación de una asociación centros que incluiría varios laboratorios pensados sobre todo con objetivos docentes y que fueron ubicados en su Residencia de Estudiantes en 1910.

Tras muchos años durante los que en las Universidades oficiales de la ciencia solo se hablaba, la salida, gracias a la JAE, de profesores y recién titulados al encuentro del saber en Europa fue cambiando el panorama nacional. A los diez años de su fundación, los españoles también podían hacer ciencia a nivel europeo que se hacía, sobre todo, desde los centros de la JAE: el Laboratorio de Investigaciones Físicas, los Laboratorios de Química y Medicina de la Residencia de Estudiantes, además de los anteriores que había integrado, como el Laboratorio de Cajal y del Museo de Ciencias Naturales.

En uno de esos laboratorios, en el de Fisiología que dirigía el Dr. Juan Negrín, el libro de obligada lectura para ingresar en él era Los Tónicos de la Voluntad2. Se trata de la edición actualizada del discurso que pronunció Cajal en su ingreso en la Real Academia de Ciencias del 5 de diciembre de 1897. Es un libro maravilloso en el que relata pormenorizadamente lo que, a su entender, debe de caracterizar a la profesión de científico: “La producción del hombre de ciencia, como toda actividad del espíritu, hallase rigurosamente condicionada por el medio físico y moral” y la enmarca en el contexto en donde se desarrolla: “En los tiempos que corremos, en que la investigación científica se ha convertido en una profesión regular que cobra nómina del Estado, no le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema: necesita además imprimir una gran actividad a sus trabajos”. A Cajal le disgustaban “los hábiles de la intriga y el favor” y reconocía que “entre los sabios se dan caracteres nobles y bondadosos, aunque abundan todavía más los temperamentos quisquillosos, las altiveces cesáreas y las vanidades exquisitamente susceptibles”. Pues bien, esas frases forman parte del marco en el que se zambulló Severo Ochoa cuando accedió al laboratorio de Fisiología de Negrín en 1935. En ese medio de laboratorios de la JAE, y al igual que Cajal, Ochoa se “consagró a la religión del laboratorio”.

La historia de Severo Ochoa es un ejemplo más de que la vida de un investigador no es fácil, en particular en sus comienzos. Ochoa tuvo que luchar duramente a lo largo de una extensa etapa de formación pues no fue hasta los 40 años, en 1954, cuando obtuvo un puesto de trabajo fijo, que no dependiera de becas o de otro tipo de ayudas coyunturales3. Eso sí, Ochoa siempre tuvo muy claro lo que quería en la vida: convertirse en un científico considerado y respetado para lo cual no dudó en pasar por las etapas de formación necesarias para conseguirlo. Y así lo hizo. Después de más de trece años de formación por toda Europa y USA, aceptó un puesto en la Universidad de Nueva York para acabar, finalmente, en el Instituto Roche de Biología Molecular en Nutley, Nueva Jersey. Su carrera fue de larga duración, 60 años publicando en revistas científicas, pasando de la fisiología a la enzimología, a la bioquímica y de ahí a la biología molecular.

José María Albareda fue la persona que inició los contactos para atraer la atención de Ochoa. Albareda fue becario de la JAE, catedrático de la Facultad de Farmacia de la Universidad de Madrid, sacerdote y miembro de Opus Dei, y la persona designada por la dictadura franquista para depurar la ciencia. A pesar de las bestialidades que se cometieron, era, según dicen4, persona ecuánime y cabal. Desde 1939 hasta 1966, fue secretario general del CSIC, una imitación alicorta de la JAE.

Cuando Ochoa consiguió el premio Nobel en 1959, no dudó en ponerse en contacto con él felicitándole e invitándole a una reunión bioquímica en Santander a la que aceptó acudir. La reunión estuvo organizada por los investigadores Alberto Sols, también miembro del Opus, y Julio Rodríguez Villanueva, cercano a Ochoa por razones de paisanaje.

Las dos grandes pasiones del hombre de ciencia son el orgullo y el patriotismo. Trabajan, sin duda, por amor a la verdad, pero lo hacen aún más por su prestigio personal o de la soberanía intelectual de su país. Ochoa se nacionalizó como ciudadano estadounidense en 1956 y nunca dejó de serlo, pero siempre tuvo a España, sobre todo a Asturias, en su mente y nunca dudó en acudir a su reclamo. La reunión en Santander sentó las bases5 de la bioquímica española y su orientación institucional. El entusiasmo de Alberto Sols promovió la organización de la Sociedad Bioquímica Española en cuya comisión promotora estaban: Carlos Asensio, Federico Mayor, Julio Rodríguez y el mismo6.

Las presiones por parte del gobierno y sus satélites a Ochoa prosiguieron. Le ofrecieron la creación de un centro de referencia en biología molecular para que continuara sus investigaciones en España una vez que dejó la Universidad de Nueva York. Se lo propuso el entonces ministro de Educación y Ciencia y también miembro del Opus José Luis Villar Palasí. La mediación de Federico Mayor Zaragoza7 fue determinante, en esa ocasión no pudo ser, pero poco después, a mediados de los setenta, el proyecto renació gracias al apoyo de Cruz Martínez Esteruelas, ministro de Educación y Ciencia y el inevitable Federico Mayor Zaragoza8, por entonces Subsecretario del Ministerio de Educación. Severo Ochoa volvió a hacer suyo el proyecto, y a ilusionarse con el mismo. Su apoyo e interés hicieron que, a la ayuda económica del Ministerio de Educación y Ciencia para la construcción de los nuevos laboratorios en la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid, se sumara una cuantiosa ayuda de la National Science Foundation de Estados Unidos para el equipamiento del nuevo Centro, y así nació el Centro de Biología Molecular, el CBM, cuna de buena ciencia y también de muchas de las influencias que han gobernado la ciencia española hasta nuestros días.

¡Qué notables son las diferencias entre Cajal y Ochoa! Cajal tuvo la visión de conjunto de la ciencia y la impuso, se rodeó de especialistas que le asesoraron en la tarea de hacerla realidad, como José Castillejo o Gumersindo de Azcárate, y abordó con decisión su internacionalización. Su obra fue decisiva para sacarla de su abatimiento mental, centrada en la adoración del pasado, y formó varias generaciones de científicos orientados hacia el porvenir. Ochoa, posiblemente por su alejamiento de la situación en España y la tristeza que supuso en su alma de reloj enviudar, aunque siempre le desagradó la intromisión de la política en la ciencia, sucumbió y se dejó influir por rezos e insidias. Es cierto que, con su mediación, consiguió lo que quería, fomentar la Bioquímica y la Biología Molecular para que España ocupara una posición relevante y también, lo es que, a su albur, del raquítico árbol de la ciencia español no puedan esperarse frutos sanos. La endogamia, y el nepotismo que lo envuelven disipan, a día de hoy, cualquier esperanza de renovación interna9.

El sistema actual no favorece lo suficiente el florecimiento de espíritus independientes que tendrán que abordar problemas fundamentales con tiempo para ello, ajenos a la presión de obtener resultados inmediatos en la línea en boga en este momento. Hoy la ciencia es un mercado de influencias, de prestigios, de famas, de prebendas y, también, de patentes, derechos, regalías que, por último y a veces, produce bienes y servicios que mejoran nuestro bienestar. La política científica10 sigue siendo nuestra asignatura inacabada. ¡Qué bien nos vendría otro Cajal!

Referencias

  1. Recuerdos de mi vida Santiago Ramón y Cajal. Ediciones UAM (2017)
  2. Los tónicos de la voluntad: reglas y consejos sobre la investigación científica. Gadir (2005)
  3. La bioquímica como “hobby”, Margarita Salas, SEBBM (2012)
  4. Ciencia y Farmacia en el franquismo: el Club Edaphos, vivero de investigadores en tiempos de José María Albareda. G. Reparaz, R. Basante, A. González. Editor: Antonio L. Doadrio (2016)
  5. Ochoa y la ciencia en España. Editorial Residencia de Estudiantes (2005)
  6. Severo Ochoa y España. Marino Gómez Santos. Editorial Trotta (2005)
  7. Impresiones sobre Severo Ochoa. Julio Rodríguez Villanueva. RANF (https://ranf.com/wp-content/uploads/academicos/ina/1997.pdf)
  8. Desvelar un pasado que pasa y pesa. Juan Mainer. Andalan (https://www.andalan.es/?p=8096)
  9. Testimonios de un jurista. Alejandro Nieto. Global Law Press (2017)
  10. Ida y vuelta de la Política Científica en España. Aurelia Modrego. https://www.espaciosdeeducacionsuperior.es/2022/08/24/ida-y-vuelta-de-la-politica-cientifica-e[i]n-espana/

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About the Author: Cesar Ullastres

Economista que ha trabajado durante más de 45 años como directivo en empresas e instituciones. Ha publicado libros y artículos sobre política científica, innovación, infotecnología y biotecnología. Ha sido profesor, en las áreas de estrategia empresarial, innovación y creación de empresas, en diferentes universidades y escuelas de negocio.

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