SER CIENTÍFICO, o lo que hay que hacer para ser alguien en la ciencia española de hoy
Hace poco el inagotable José Antonio Marina decía en una entrevista que la mayor expresión de la inteligencia es la bondad. Después de leer “Ser científico: la ciencia como vocación y profesión”, tengo la sensación que su autor, Lluís Montoliu, es inteligente y bondadoso. Inteligente, porque ha sabido surfear entre todas las trampas de los rabinos, que todavía quedan en el sanedrín patrio, han puesto en su camino, y bondadoso porque, desde el principio, en su trabajo el enfoque de compartir siempre ha estado presente.

Lluís Montoliu es una voz autorizada para hablar de ciencia, conoce a la perfección todo aquello de lo que habla. Es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro de Investigaciones Biomédicas en Red en Enfermedades Raras (CIBERER-Instituto de Salud Carlos III) en el Centro Nacional de Biotecnología en Madrid, del que actualmente es vicedirector. Su laboratorio se ha destacado por los trabajos de transgénesis y por ser uno de los pioneros en el uso de la tecnología CRISP, un descubrimiento que arrancó en las salinas de Santa Pola hace años cuando un investigador español la descubrió, Francisco Martínez Mojica de la Universidad de Alicante. A mi juicio, una tecnología merecedora del Premio Nobel que él no consiguió, pero que usándola lo han conseguido varios. CRISP puede utilizarse en la creación de nuevos medicamentos, productos agrícolas y organismos genéticamente modificados, o como medio de control de patógenos y plagas. También tiene posibilidades en el tratamiento de enfermedades genéticas hereditarias, así como de enfermedades derivadas de mutaciones somáticas, como el cáncer.
Montoliu realizó su tesis doctoral en genética molecular de plantas, investigando sobre el genoma del maíz de la mano de su mentor, el físico y bioquímico Pere Puigdomènech, una de las figuras de referencia en la ciencia española y también experto en biología molecular de plantas. Posteriormente la investigación de Montoliu se ha centrado en el ratón, como modelo animal experimental, para entender cómo son las enfermedades raras, un ámbito de enorme potencial para estudiar. En su caso, el albinismo y qué hacer para curarlo. Desde el principio, la relación con los afectados fue un eje de su labor, siempre ha considerado que una de obligaciones del investigador es transmitir lo que hace, lo que conoce e ignora a la sociedad. Explicar el trabajo de forma adecuada para que las personas interesadas puedan comprender de qué se trata es parte intrínseca de su profesión. La relación con los afectados, no solo sirve para conocer más a fondo el objeto de su investigación y sus interacciones, también consolidar en el día a día esa relación contribuye a una mejor captación de fondos. En la actualidad, Montoliu es el presidente del Comité Científico Asesor de la Alianza Global de Albinismo (GAA) y miembro fundador y asesor científico de ALBA, la asociación para la ayuda a personas con albinismo.
Hacer ciencia es sinónimo de hacer públicos sus resultados. Lluís Montoliu va mucho más allá de hacer publicaciones para el universo científico, un lugar donde el reconocimiento, el renombre y el crédito se alcanzan mediante la evaluación por pares y que, una vez obtenido y progresivamente acrecentado siguiendo su propia lógica, se cambia por becas, puestos académicos, posiciones en comisiones de investigación, proyectos nacionales e internacionales, financiación específica, etc. A Montoliu le encanta divulgar y lo hace para todos los públicos: charlas en colegios, participación activa en la web, en eventos divulgativos, escribe notas y libros. Es un activista de la democratización del conocimiento, con su ejemplo, promueve la transición epistemológica natural entre un mundo cerrado, ensimismado y descontextualizado a otro abierto, cooperativo y situado en el que participemos todos, en beneficio de todos.
El libro “Ser Científico: la ciencia como vocación y profesión” publicado en el 2025 por la Editorial Comares tiene mucho de autobiográfico y está escrito en un estilo que me pareció cercano a los libros de autoayuda. Desde su propia experiencia Montoliu, quiere dar a conocer lo que debe hacer cualquier persona que quiera iniciarse en la carrera investigadora, hasta el momento en el que se pasa de ser evaluado, a ser evaluador. Recorre con detalle las fases tradicionales de esa carrera: licenciatura, doctorado, el periodo posdoctoral, el trabajo en el laboratorio. Un largo camino en el que, con suerte, se puede acabar y, al fin, ser: científico, líder, maestro y comunicador, las cuatro caras de una profesión en la que muchos compiten para alcanzar lo mismo. Como el mismo dice: “Todo el sistema científico está asentado sobre concurso de méritos en los que se promueve y premia la “excelencia” de los investigadores, aquellos que poseen un mayor y más completo currículo, frente a otros que aportan un menor número de evidencias y/o si estas son de menor impacto”.
La ciencia tiene que ver con destellos de genialidad individual, pero también con grandes organizaciones. Se relaciona con lo que los científicos llaman serendipia, y el resto de los humanos suerte, pero también con la burocracia y procesos metódicos. Se asocia con el bien común, pero también con el beneficio, el pecuniario, y sobre todo también, el crédito entre sus homólogos, sus “pares”. La educación de los científicos está enfocada al entrenamiento en el manejo de las herramientas necesarias para lograr hacer bien los ensayos y demostrar los hechos que descubra, todo ello, desde la asunción del paradigma científico vigente que incluye no solo los principios técnicos, sino también preceptos metodológicos y axiológicos. El comienzo de la carrera de un científico entraña una serie de decisiones gracias a las cuales el individuo acumula una provisión de credenciales. Estas credenciales corresponden a la evaluación que otros colegas hacen de él, un crédito difícil de conseguir y muy fácil de perder. Montoliu detalla en el libro todo el proceso que las buenas prácticas, al uso, aconsejan.

El reconocimiento de una “excelencia” es condición de supervivencia académica y su desafío es la publicación en una revista de primera categoría. Hacerlo le impondrá concebir su investigación a partir de lo que requieren esas revistas y adaptarse a las normas que ellas imponen, conformismo, oportunismo y flexibilidad. La singularidad de esas revistas pasa por los artículos que son sometidos a las objeciones de los revisores, también conocidos como referees, escogidos entre los “colegas competentes”, para ser luego leídos, en general, solamente por esos colegas.
En el clásico libro “Hacia una ciencia de la ciencia” de Derek J. de la Solla se decía que se publicaban más de 2 millones de artículos científicos al año, que hay del orden de 30.000 revistas, aunque la mitad de las lecturas que se realizan emplea solamente las 170 de mayor éxito, ya que son las que puntúan en su currículo. Montoliu también refleja que el número de artículos publicados ha aumentado en un 47% entre 2016 y 2022 sin que el número de investigadores implicados haya aumentado de forma pareja. En otras palabras, prácticamente los mismos investigadores están publicando muchos más artículos, a un ritmo de más de cinco millones de nuevos artículos académicos al año. Y estima que se han publicado al menos 64 millones de artículos científicos desde 1996, poco menos de lo que ya anticipaba de la Solla en 1973.
La comunidad investigadora publica demasiados artículos científicos, lo cual es malo para todos, menos para las editoriales responsables de las revistas que son las que recogen sus enormes beneficios al cobrar por cada uno de los artículos que publican.
Aunque en el libro se analiza el cambio que ha supuesto en el negocio editorial de las publicaciones científicas el pagar por suscripciones a que, bajo el manto de lo que aquí se llama ciencia abierta, sean los investigadores los que paguen por ser publicados, tanto en un caso como en el otro los fondos públicos que se destinan a ello son muy cuantiosos. Lo cierto es que cada vez hay más trampas (“Miles de científicos hinchan sus currículum con estudios autopublicados que cuestan millones de euros de dinero público”, El País, 21/01/2026), cada vez hay más agentes implicados en la ciencia que las identifican y esto hace que la imagen triunfante de la ciencia al uso esté en crisis. Y todo parece indicar que este sistema de evaluación para conseguir crédito entre la comunidad científica parece que ya ha dado todo de si, y se le saltan las costuras.
Se cita someramente a la Inteligencia Artificial, la tecnología que ahora todo lo empapa y que en el libro no se profundiza demasiado En mi opinión, va a suponer un cambio de paradigma en el modelo que instauró desde el siglo XVII, el diálogo entre teoría y experimentación que sustenta lo que hoy sabemos. Esta tecnología, que se inventó hace setenta años, está haciendo eclosión hoy porque han coincidido los tres elementos que necesitaba para hacerlo: datos en abundancia, redes de comunicación robustas y una mejor computación con un software más eficiente. Hoy la ciencia de frontera ya utiliza la supercomputación normalmente, pronto la experimentación se hará por simulación. Estoy seguro que, dentro de poco, Montoliu será feliz porque podrá cumplir su deseo de dejar la experimentación con animales
Otra cosa que me llama la atención es que en el libro no llegue al 1% el espacio que se dedica a los investigadores que trabajan en empresas, que también los hay. Me suena al estilo del relato de la ciencia del siglo XIX en el que la verdadera división de clase que se constituía entre los científicos según trabajaban en los lugares protegidos de la llamada academia o los que vendían su fuerza de trabajo a las empresas. Los que están bajo el manto académico no se consideran responsables de que el resto de la humanidad se aproveche de sus conocimientos. Sin embargo, la valorización de su trabajo, la creación de relaciones con aquellos que puedan dar un valor no científico a sus resultados siempre importa a los científicos. El problema de su valorización, del valor que sea dado a lo que produce, forma parte integrante del régimen de existencia de toda ciencia. Está claro que lo que se paga con dinero público forma parte del bien común, sin más, y que la propiedad del conocimiento está regulada por sistema de patentes que afecta a lo público y a lo privado, y del que someramente se hace referencia en el libro.
Ni en la academia, ni en la empresa, he conocido a ningún científico que le guste la gestión. Los hay alérgicos, los hay ensimismados en el placer de decidir. Los más sensatos, se apoyan en alguien que, si sabe de gestión y le colocan como cargo de su estricta confianza para negociar con los funcionarios o directivos de las instancias donde tienen que rendir cuentas, que generalmente están anclados en la ortodoxia administrativa. El gobierno de las organizaciones de investigación exige la convivencia de dos culturas muy diferentes en valores y prácticas profesionales, la cultura científica y la cultura gerencial y si no lo hacen, mal va la cosa. Cualquier gobernanza es buena si los que participan en ella entienden que su papel es defender lo mejor para las instituciones que quieren dirigir, no para ellos mismos o su colectivo .
Para finalizar, el autor habla de ética profesional. No se extiende, nos deriva a otro de sus libros. Sin embargo hay un pasaje en el que hace autocrítica de algunas prácticas de la profesión y traslada al lector lo que no hay que hacer y que en mi opinión, refleja la inteligencia y bonhomía de Lluís Montoliu: “Te puedes preguntar por qué tenemos conductas científicas inadecuadas. Entre las razones que se han propuesto se incluye la presión por publicar especialmente en las revistas consideradas de alto impacto, las que permiten acceder a financiación de proyectos importantes. Pero también deberíamos contabilizar en este apartado, la voluntad enfermiza de triunfar a toda costa, sin importar los medios para conseguirlo … Somos seres humanos, y por ello somos imperfectos, volubles e influenciables. Los investigadores no íbamos a ser distintos de cualquier otro colectivo de la sociedad, en los que siempre hay pillos, pícaros y aprovechados que intentan obtener el máximo beneficio con prácticas inapropiadas y fraudulentas”
Un juego de mesa sobre ciencia