La Organización Mundial de la Salud fija el 31 de diciembre de 2019 como la fecha en la que se recibió la primera notificación del brote de enfermedad por coronavirus COVID-19 en Wuhan, China. Ese fue el origen de una pandemia mundial que, a fecha de hoy, ha acabado con la vida de más de un millón y medio de personas y ha impactado directamente en todos los habitantes del planeta.

Las circunstancias han puesto a los científicos en primera línea, destacando el papel de una especialidad, la inmunología. Los científicos no sólo han tratado de buscar una cura para esta enfermedad en tiempo récord, sino que al mismo tiempo han tratado de explicar a la sociedad todo lo que estaba ocurriendo con unos conceptos propios de la especialidad.

Tras un año en primera línea, ¿qué aprendizajes hemos tenido desde el punto de vista de la inmunología? En este artículo tratamos de responder a esta pregunta.

Grandes avances pero no grandes aprendizajes

La verdad es que desde el punto de vista inmunológico no hemos aprendido grandes cosas. Hemos aprendido mucho sobre la biología del SARS-CoV-2, por supuesto, y hemos vivido una auténtica revolución científica que pasará a los libros de Historia. Hay que tener en cuenta que, pocos meses tras haber “identificado al bicho”, ya sabíamos su secuencia de RNA, la ruta de entrada en las células a través del ACE2, que podía infectar a los glóbulos blancos a través de CD147, que inducía una activación del inflamasoma a través de NLPR3 y que esto se traducía en una piroptosis que explicaba la tormenta de citocinas y la linfopenia aguda que sufren los pacientes graves, etc.

No solo eso, sino que en abril ya estábamos tratando a los pacientes graves con inmunosupresores, por ejemplo, y los ensayos de la vacuna empezaron a inicios del verano. Esta misma semana se acaba de publicar en la revista “New England Journal of Medicine”, la más prestigiosa revista en de medicina del mundo, los resultados del ensayo en fase III de la vacuna de Pfizer, los cuáles son asombrosos. Esto, señores, es una auténtica revolución científica.

¿Por qué digo, sin embargo, que desde el punto de vista inmunológico no hemos aprendido gran cosa? Pues porque sabemos cómo funciona el sistema inmune, y frente a este virus, se ha comportado como sabemos que debía actuar. Como era de prever, al ser un virus de cadena sencilla de RNA sabemos que los glóbulos blancos pueden reconocerlo a través de TLR7 y que esto desencadena una respuesta inmune. En un primer lugar, nuestro sistema inmune se defiende del virus produciendo interferones tipo I, y es precisamente la gente que tiene una capacidad disminuida de producir estos mediadores (gente anciana, con co-morbilidades y/o aquellos que les ha tocado una menor producción de estas citocinas por la “lotería genética” de la herencia) los que cursan peor la enfermedad. Esto se traduce en que el virus escapa al control de la primera oleada del sistema inmune y puede migrar hacia los pulmones. Una vez ahí, es cuando existe el infiltrado de monocitos/macrófagos y granulocitos que son los que desencadenan la neumonía bilateral. Pero insisto, este es el funcionamiento normal del sistema inmune.

Se especulaba mucho sobre si la gente que ya ha pasado la infección podría volver a pasarla. Pues como era de anticipar, no parece que sea el caso. La gente que ha superado la infección, ha activado su sistema inmune adaptativo y, por tanto, ha producido anticuerpos. Para que esto suceda, nuestro sistema inmune ha desarrollado linfoblastos antígeno específicos, y estos son, a su vez, dependientes de la generación de linfocitos T y B específicos, algunos de los cuales, finalizado el proceso, se diferencian a linfocitos de memoria. Este proceso dura aproximadamente unos diez días, y si nos fijamos en los resultados de la vacuna de Pfizer, es precisamente donde se separan las curvas de los pacientes que han recibido la vacuna (quedan protegidos) y los que han recibido el placebo (se siguen contagiando).

Pfizer

 

Anticuerpos y reinfecciones

Mucha gente puso también el grito en el cielo cuando en la prensa salía que los anticuerpos bajan con el tiempo, pero es un mecanismo normal. Nuestro cuerpo produce a diario anticuerpos frente a sustancias extrañas, y si estos no decayesen con el tiempo, cuando tuviésemos 40 años nuestra sangre sería gelatina de la cantidad de proteína (los anticuerpos al fin y al cabo son proteínas) que tendríamos. Si hemos generado anticuerpos, a los inmunólogos nos da igual que decaigan con el tiempo porque para ello hemos generado linfocitos T y B específicos, algunos de los cuáles se diferencian hacia células de memoria y nos acompañarán durante el resto de nuestra vida para volver a activarse si fuese necesario.

Esto también explica por qué apenas  «existen» casos de reinfecciones, como también era de esperar. A día de hoy, hemos tenido más de 70 millones de infecciones confirmadas en el mundo, y únicamente 27 casos confirmados de reinfección. Pero es que la mayoría de estos casos han sido asintomáticos. Por poner un ejemplo, la varicela sólo se pasa una vez en la vida. Yo la pasé cuando era niño, y estoy inmunizado. Dicho esto, seguro que si medimos los niveles de anticuerpos en mi sangre frente a la varicela serán indetectables y pensemos que no estoy protegido, pero no es el caso, porque nadie (o casos muy excepcionales como gente con inmunodeficiencias o inmunocomprometidos) pasa la varicela dos veces. ¿Por qué es esto? Porque tenemos linfocitos T y B de memoria, que tan pronto se encuentren el virus de la varicela se activarán, pondrán el sistema inmune en marcha (incluyendo la producción de anticuerpos que es sólo una pequeña parte de nuestro sistema inmune adaptativo) y se detendrá la infección antes de que nos demos cuenta. Por poner otro ejemplo, mis hijas se pueden infectar de la varicela. Sin embargo, como yo convivo con ellas, esto no quiere decir que el virus vaya a rebotar en mí.

Por supuesto que va a entrar en mí, pero mi sistema inmune lo neutralizará antes de que me entere. Sin embargo, si me hago una PCR daré que soy positivo para el virus. Por supuesto que lo soy, pero ni soy infectivo ni desarrollo la enfermedad. Esto es precisamente lo que está pasando con los casos de “reinfecciones por COVID-19”. Obviamente habrá casos puntuales de reinfecciones, pero serán muy, muy puntuales, al igual que la gente que pasa dos veces las paperas, la varicela o el sarampión. Las excepciones no son, ni mucho menos, la norma.

De hecho, si el sistema inmune no tuviese memoria y nos protegiese para el futuro, las vacunas no servirían de nada. Sin embargo, sabemos que funcionan. Mucha gente también lo compara con la gripe, y tiene miedo que este virus funcione igual. Sin embargo, no se parecen en nada, salvo que afectan al tracto respiratorio y que ambos pueden ser mortales. El virus de la gripe como tal no existe. Son cientos de virus diferentes. Son también virus de RNA, pero compuestos de siete genes, cada uno en una pequeña cadena de RNA. Esto implica que si una persona se infecta de dos virus diferentes, estos pueden recombinar en su organismo dando lugar a nuevos virus que lleven seis cadenas de un virus y una del otro, cinco y dos, cuatro y tres, tres y cuatro, dos y cinco o una y seis. Si tenemos en cuenta que además hay cientos de virus diferentes, entendemos que las posibilidades de generar virus nuevos son casi infinitas. Por otro lado, la gripe, al ser de RNA, es un virus muy inestable que muta mucho. Por eso, por ejemplo, no nos ponemos la vacuna de la gripe, sino “de las gripes”. Cada año, la vacuna está compuesta de cuatro cepas diferentes en base a las que circulan previamente en el invierno austral y que anticipamos van a llegar al hemisferio norte. Pero si llegan otras cepas diferentes, la vacuna no será efectiva. Sin embargo, el SARS-CoV-2 no se parece en nada a esto. En primer lugar, porque aunque de RNA, tiene un mecanismo corrector que, al replicarse, chequea los errores y los restaura. Esto hace que sea mucho más estable que la gripe y que su evolución sea más lenta. Pero por otro lado, es un virus de una cadena única de RNA de 30kb por lo que es imposible que recombine. Es decir, podemos estar tranquilos porque es un virus muy estable, afortunadamente para nosotros.

Dicho esto, aún no sabemos cuánto durará la protección. A día de hoy, sólo podemos decir que la protección dura 1 año, que es lo que ha pasado desde el primer caso, o dos meses en el caso de la vacuna. Pero eso no quiere decir que la protección no vaya a durar mucho más. Por ejemplo, el pariente más cercano a este virus es el SARS-CoV-1, que causó la epidemia de SARS en 2002/3. Pues bien, 17 años después, los pacientes siguen teniendo linfocitos T y B de memoria. Personalmente, me sorprendería mucho que la inmunidad frente a este virus no durase mucho tiempo, cuando no toda la vida, pero esto último es opinión personal, así que nos tocará esperar a ver durante cuánto tiempo dura la protección

En definitiva, hemos aprendido mucho de la biología del bicho, pero no desde el punto de vista de la inmunología, porque conocemos a nuestro sistema inmune. Precisamente, ha sido el que tengamos conocimientos de inmunología lo que nos ha permitido avanzar tan rápido en la lucha contra el virus.

Los especialistas en inmunología en los medios

La verdad es que ha sido un shock tremendo para los inmunólogos. Trabajamos en un campo muy “opaco” y con poca exposición. Mucha gente no entiende lo que es la inmunología ni para que sirve. De hecho, es un área de trabajo que, en general, está muy alejado de los pacientes, ya que nuestros trabajos suelen ser de investigación básica con poca aplicabilidad en la práctica clínica a corto plazo.

Sin embargo, de repente, todo el mundo quería aprender sobre inmunología y venía a preguntarnos dudas. Nos ha resultado cuanto menos curioso, pues hemos pasado de “investigadores básicos que hacen cosas sin utilidad” a gente que puede explicar las cosas a los demás. Como digo, ahora está de moda ser un inmunólogo y creo a que la mayoría de nosotros nos ha tocado contestar dudas y explicar cosas a nuestros allegados y amigos a través de las redes sociales. Dicho esto, creo que la exposición ha sido positiva. Todo lo que sea ayudar a transmitir conocimiento y que la gente lo entienda es positivo.

En nuestro caso, también ha servido para poner de manifiesto las miserias de la investigación española. Es cuánto menos curioso que, siendo uno de los países más golpeados por la pandemia, apenas hayamos producido información científica de interés, algo que sin lugar a dudas debemos agradecer a la ley de control de gasto que nos fiscaliza y nos ata de pies y manos para comprar reactivos gracias a trámites y papeleos absurdos y tediosos que consumen semanas cuando en otros países algo tan sencillo como comprar reactivos es mucho más fácil, pero bueno, esa es otra historia.

También es cierto que hay gente que se ha aprovechado de su supuesto conocimiento para dar pábulo a mensajes alarmistas o incluso trasmitir mensajes falsos directamente, pero afortunadamente estos han sido minoría. Lo importante es que ha habido grandes profesionales que han tenido visibilidad mediática para acercar un poco más la ciencia a la sociedad. Ojalá hubiese sido en otras condiciones, y esperemos que el interés por la ciencia no decaiga cuando la pandemia sea algo del pasado, pero creo que en general ha sido una experiencia positiva.