Protectores solares: una herramienta de salud preventiva

Más allá de polémicas en redes con influencers y demás, el uso de protectores solares es una práctica esencial para la salud. Los protectores solares combaten y los efectos nocivos de la radiación ultravioleta, cuyos riesgos incluyen desde quemaduras solares hasta el desarrollo de cáncer de piel. Se consideran una herramienta de salud preventiva.

La piel es una protección natural, que funciona como nuestra primera barrera de defensa frente el entorno. Sin embargo, no es todopoderosa, y ella misma puede resultar dañada cuando sufre una exposición solar intensa o prolongada. Por esta razón y por su eficacia, la aplicación de protectores solares es una medida de salud preventiva esencial avalada científicamente.

Los rayos del sol

El sol emite diferentes tipos de radiación electromagnética. Las radiaciones se caracterizan por su longitud de onda. Nuestro ojo es capaz de ver la radiación entre 400 y 700 nm. Pero el sol emite radiación de otras longitudes de onda. A nuestro cuerpo llegan tres tipos de radiaciones solares.

  1. Radiación infrarroja. Produce, esencialmente, calor. Como efectos negativos en nosotros puede producir, si es demasiado elevada, golpes de calor e insolaciones.
  2. Luz visible. Es lo que “vemos”, los distintos colores del arcoíris.
  3. Radiación ultravioleta (UV). Se llama así porque está justo “debajo” del color violeta de la luz visible. Tiene una longitud de onda entre 100 y 400 nm. Que tenga una longitud de onda más corta implica que tiene mayor energía que la luz visible. La exposición a rayos ultravioleta puede causar daños inmediatos como eritemas y quemaduras, pero también efectos acumulativos a largo plazo. Los más importantes son el fotoenvejecimiento y el incremento del riesgo de desarrollar melanoma. Esto se debe a que es capaz de penetrar en el interior de las células y alterar el ADN, causando mutaciones. Vamos a conocer un poco más los rayos UV, que son los que más nos pueden afectar a la salud.

Espectro electromagnético radiaciones solares

La radiación ultravioleta se clasifica en tres tipos principales: UVA, UVB y UVC. Los rayos UVC no llegan a la superficie terrestre, porque son filtrados por la capa de ozono atmosférica.

La radiación UVA es, aproximadamente, el 95% de la radiación ultravioleta que llega a la Tierra. Es importante destacar que los UVA son capaces de atravesar las nubes y los vidrios. Es decir, que, aunque el día sea nublado o estemos, por ejemplo, en un coche con las ventanillas subidas, estos rayos llegan a nuestra piel. Cuando la luz visible y la radiación UV alcanza la piel, parte de la radiación es reflejada, parte es absorbida, y parte es transmitida a diferentes capas de células, hasta que la energía se disipa. La porción de luz absorbida por las moléculas en nuestros tejidos es la más importante en lo que se refiere a sus efectos sobre la piel. La moléculas que absorben la radiación son, por ejemplo, el ADN, la melanina, pequeños péptidos o el colesterol. Debido a su longitud de onda, que es más larga que la de los UVB, la radiación UVA es capaz de penetrar más profundamente en la piel, hasta la dermis media. Así, el 70-80% de los UVA son absorbidos por células de la dermis y melanocitos de la epidermis basal. Sin embargo, la mayoría de la radiación UVB (70%) es absorbida por el estrato córneo de la epidermis.

¿Y qué hacen los rayos UVA en nuestro cuerpo? Provocan la alteración del colágeno y las fibras de elastina. Estas dos proteínas son esenciales para la flexibilidad de la piel, por lo que su alteración provoca la aparición de arrugas y la pérdida de firmeza cutánea. Son, por tanto, los principales responsables del fotoenvejecimiento cutáneo. Por otra parte, también puede causar la aparición de manchas oscuras en la piel. Además, activan la producción de melanina y son, por tanto, los causantes del bronceado. Son responsables de un bronceado inmediato, sobre todo en pieles oscuras.

Los rayos UVB suponen aproximadamente el 5% de la radiación UV que alcanza la superficie terrestre. A pesar de su menor proporción, poseen mayor energía que los rayos UVA (su longitud de onda es menor) y se caracterizan por afectar principalmente a la epidermis, la capa más superficial de la piel.

Son los responsables directos de las quemaduras solares y los que estimulan la producción de melanina, el pigmento responsable del bronceado, pero también pueden provocar reacciones alérgicas al sol. Los rayos UVB tienen también un efecto beneficioso sobre nuestro organismo. Son los responsables de activar la síntesis de la vitamina D3, pero no hace falta más que una pequeña dosis de 20-30 minutos de sol al día para provocar este efecto.

Los dos tipos de radiación UV producen daños en el ADN, bien de manera directa, bien por medio de la creación de radicales libres que contribuyen al estrés oxidativo. De esta manera, su efecto acumulativo incrementa a largo plazo el riesgo de desarrollo de cáncer de piel. Los rayos UVC son absorbidos casi al 100% por la capa de ozono, por lo que no os vamos a hablar de ellos.

 

Historia de los protectores solares

La protección solar no es algo moderno, que nos hayamos inventado hace unas décadas. Ya civilizaciones antiguas empleaban diversos métodos para proteger la piel de los efectos dañinos del sol. Así, por ejemplo, los antiguos griegos utilizaban aceite de oliva, mientras que los egipcios empleaban extractos de plantas como el arroz o el jazmín. También conocían el uso de aloe vera para aliviar las quemaduras solares.

Los primeros intentos de fabricar y comercializar sustancias que protegieran del sol y aliviaran sus efectos los tenemos registrados a finales de los años 20 en Francia, con el Huile de Chaldée, una mezcla concentrada de rosas y otras flores con salicilatos. Unos años después, en 1935, Eugène Schueller, lanza un producto con un nombre que ha llegado hasta nuestros días y que seguro que os suena: Ambré Solaire.  Se trataba de un aceite perfumado con jazmín y con un filtro mineral, envasado en una botella color ámbar. Schueller fundó una empresa que creo que también os sonará: L’Oréal . Ambré Solaire fue el primer protector solar con gran éxito comercial, tanto que es frecuente asociar su olor con el verano. Schueller creó este producto porque le encantaban las regatas y estaba un poco harto de las continuas quemaduras que sufría tras estar en el barco.

Aunque pueda parecer sorprendente, la Segunda Guerra Mundial supuso un punto de inflexión en el desarrollo de protectores solares. Los soldados estadounidenses destacados en el Pacífico sufrían severas quemaduras solares, sobre todo aquellos que estaban en la marina. En 1944, el aviador y farmacéutico Benjamin Green desarrolló un protector solar efectivo a base de parafina (un derivado del petróleo) con textura rojiza y viscosa. Era bastante desagradable en cuanto a textura y olor y tras la guerra lo reformuló añadiendo aceite de coco y manteca de cacao. Se llamó Red Vet Pet y su patente fue adquirida por la farmacéutica Merck & Co., que lo modificó y comercializó bajo la marca Coppertone durante la década de 1950. A los más jóvenes puede que no os suene Coppertone, pero puede que muchos sí conozcáis la siguiente imagen publicitaria:

Anuncio de Coppertone

De forma paralela, en la década de los 40 en Europa, aparece en escena Franz Greiter, otro desconocido para todos nosotros. Pero si os digo el nombre del monte que escalaba cuando se quemó la piel con el sol seguro que os suena más: Piz Buin. Este estudiante suizo de química creó una crema que denominó Gletscher Crème (crema de glaciares). Greiter también realizó también una aportación tan significativa que aún hoy la seguimos usando. Basándose en estudios previos, introdujo el concepto de Factor de Protección Solar (SPF). De hecho, el SPF es el estándar mundial para medir la eficacia de los fotoprotectores. Por cierto, para que veáis lo que hemos avanzado: se estima que la Gletscher Crème original tenía un SPF de ¡¡aproximadamente 2!!

En 1977 se lanzaron al mercado los primeros protectores solares resistentes al agua, lo cual supuso otro avance importante en la fotoprotección. En 1978 la FDA estadounidense propuso regular los protectores solares, estableciendo estándares de seguridad y eficacia. Desde entonces la industria cosmética y farmacéutica ha desarrollado numerosos productos innovadores, aumentando el nivel de SPF (hasta casi los 90 era habitual no pasar del SPF 20), creando nuevas texturas y buscando mayor eficacia y seguridad (y, cómo no, vender más).

Tipos de protectores solares

En la actualidad, clasificamos los protectores solares en dos categorías principales según su mecanismo de acción: físicos (o minerales) y químicos. Cada tipo ofrece ventajas específicas y está diseñado para diferentes necesidades y tipos de piel.

Protectores solares físicos o minerales

Los protectores solares físicos, también denominados minerales, actúan como una barrera física que se asienta sobre la superficie de la piel y refleja los rayos UV antes de que puedan penetrar y causar daño. Estos productos proporcionan protección inmediata desde el momento de su aplicación.

Sus ingredientes activos principales son el óxido de zinc (ZnO) y el dióxido de titanio (TiO₂). Estos compuestos actúan a modo de pequeños espejos que reflejan y dispersan la radiación UV en múltiples direcciones, impidiendo que alcance las células cutáneas.

El óxido de zinc ofrece protección de amplio espectro contra los rayos UVA y UVB, mientras que el dióxido de titanio es particularmente efectivo contra los rayos UVB y UVA de longitud de onda más corta. La combinación de ambos ingredientes proporciona una cobertura completa del espectro UV.

Una de las principales ventajas de los fotoprotectores minerales es que ofrecen protección inmediata. Como son una barrera física no necesitan un tiempo de activación. Es como ponerse una camiseta, protege inmediatamente. Además, en general son muy bien tolerados por pieles sensibles, puesto que al estar basados en sustancias no reactivas disminuyen las alergias e irritaciones. Son los fotoprotectores de elección para bebés. Por otra parte, son muy estables, no se degradan con la luz solar ni el calor, por lo que no hace falta “echarse la crema” cada poco tiempo. Por último, se les considera muy seguros, puesto que no penetran en el cuerpo y no afectan a los corales, por lo que podemos bañarnos sin cargo de conciencia ecológico.

Pero también tienen alguna pega. Por ejemplo, su textura. Suelen ser densos y difíciles de extender. Además, dejan la piel blanca, aunque en la actualidad ya hay formulaciones que están minimizando estos aspectos. Suelen ser más caros que los fotoprotectores químicos.

Protectores solares químicos

Los protectores solares químicos se basan la presencia en su formulación de moléculas orgánicas que se llaman de manera genérica filtros UV. Absorben los rayos UV y sufren entonces un cambio en su conformación molecular, liberando energía en forma de calor (emiten radiación a longitudes de onda más altas). Generalmente son compuestos aromáticos con un grupo carbonilo (salicilato, benzofenona…). Estas moléculas penetran en las capas superficiales de la epidermis, donde ejercen su acción protectora.

No os queremos volver locos con nombres químicos, pero os vamos a citar algunos de estos filtros UV. Los más comunes son la avobenzona, el octinaxato, la oxibenzona, el octocrileno, el homosalato o el octisalato. Cada uno de estos compuestos absorbe radiación UV en diferentes longitudes de onda, por lo que frecuentemente se combinan para lograr protección de amplio espectro.

Las principales ventajas de los protectores químicos frente a los físicos residen en su “usabilidad” (perdón por el palabro). Permiten texturas ligeras, muy cómodas, de rápida absorción, que no dejan restos y que se pueden usar incluso con maquillaje (o incluidos en el propio maquillaje). Además, suelen ser más baratos.

Por el contrario, hay que tener en cuenta que requieren entre 15 y 30 minutos después de la aplicación para alcanzar su máxima efectividad, ya que necesitan ser absorbidos por la piel. Además, pueden causar reacciones alérgicas o irritación en personas con piel sensible. Algunos ingredientes de hecho se han asociado con dermatitis de contacto. Algunos de estos filtros químicos presentan problemas de estabilidad. Así, por ejemplo, la avobenzona, puede degradarse con la exposición solar o el calor, lo cual disminuye su eficacia con el tiempo. Algunos filtros químicos (oxibenzona, octocrileno) muestran actividad disruptora endocrina y pueden acumularse en el organismo y el ambiente marino, con el consiguiente impacto ambiental. De hecho, algunos también se han asociado con el blanqueamiento de corales y daños a ecosistemas marinos.

De todas maneras, según se van realizando estudios y descubriendo “problemas” en algunos de estos filtros, su uso va disminuyendo. Así, en 2019, la oxibenzona era un ingrediente en el 60 % de todos los productos de protección solar probados según un informe anual del Environmental Working Group (EWG), una organización sin fines de lucro que defiende la salud y el medio ambiente. Este porcentaje cayó en 2022 al 30 %. En 2026 ya se ha encontrado solo en el 6 % de los protectores solares examinados.

Actualmente gran parte de los fotoprotectores combinan filtros químicos y minerales para asegurar cubrir un amplio espectro de radiación y optimizar la textura y estabilidad.

Factor de Protección Solar (SPF)

El Factor de Protección Solar, conocido por sus siglas en inglés SPF (Sun Protection Factor), es el la manera estándar de medir la eficacia de un protector solar contra los rayos UVB. Este sistema de clasificación lo creó, como hemos dicho anteriormente, en 1974 Franz Greiter, del que hemos hablado antes (el creador de la marca Piz Buin) y es la referencia mundial para evaluar la protección solar.

El SPF indica, de manera teórica, cuánto tiempo podemos exponernos al sol sin que la piel se enrojezca (eritema) en comparación con la piel sin protección. Vamos a entenderlo mejor con un ejemplo. Si yo generalmente me quemo cuando estoy diez minutos al sol (sin echarme crema), si me aplico un protector solar con SPF 20, tardaría, teóricamente, 200 minutos en quemarme (10 x 20 = 200). Entonces algunos pensaréis, “buah, entonces si me echo una crema SPF 50, yo que me quemo en 15 minutos, estaría protegido para más de 12 horas” (15×50=750 minutos= 12,5 horas). Bueno, pues ojalá, pero no. El SPF es orientativo o teórico. La eficacia real depende de muchas más cosas que no controlamos tan bien. Así, influyen, por ejemplo, la cantidad de producto aplicado, la intensidad de la radiación UV, el tipo de piel, el sudor, si me meto en el agua o no…

Aun así, la clasificación SPF es una herramienta útil para hacernos una idea de lo que protege un protector solar. De hecho, los protectores solares se clasifican, según su SPF en:

  • Baja protección: SPF 6-10
  • Protección moderada: SPF 15-25
  • Alta protección: SPF 30-50
  • Muy alta protección: SPF 50+
Fototipos de piel y protectores solares

Fototipos de piel y protección solar mínima recomendada

Recordemos, que el SPF “mide” la cantidad de radiación UVB bloquea un producto. ¿Y cuánta radiación evita que nos llegue cada tipo de protector? Pues un SPF 15 bloquea aproximadamente el 93% de los rayos UVB, un SPF 30 protege contra el 97% y un SPF 50 detiene alrededor del 98% de la radiación UVB. La protección viene dada por una gráfica como la que veis debajo, no sigue una escala lineal. Aunque las diferencias porcentuales parecen pequeñas, resultan significativas para personas con piel sensible o en ambientes de alta radiación solar.

Según la FDA, etiquetar los protectores solares con niveles más altos de 50 podría dar a los usuarios una falsa sensación de protección solar. No hay diferencia real entre un protector solar 50+ y otro que ponga SPF 100.

Gráfica protección SPF

Vale, pero me estás hablando solo de la radiación UVB y al principio has dicho la UVA también afecta a la piel y provoca fotoenvejecimiento. ¿Los protectores solares no sirven para los rayos UVA? ¿Y cómo se miden esa protección? Pues la respuesta es que hay protectores solares que sí protegen frente a los rayos UVA, pero no todos lo hacen. Para saber cuáles son, simplemente tenemos que fijarnos en si en el envase pone UVA dentro de un círculo. Ese símbolo asegura que ofrecen una protección UVA mínima equivalente a 1/3 de la protección UVB. En otras ocasiones podemos ver que se utiliza el sistema PA+ (++, +++) para indicar el nivel de protección UVA.

 

Recomendaciones para un uso adecuado de los protectores solares

La efectividad de cualquier protector solar depende, en buena medida de su correcta aplicación y uso. Las investigaciones demuestran que la mayoría de las personas aplican solo entre una cuarta parte y la mitad de la cantidad recomendada, lo que reduce drásticamente la protección real obtenida.

¿Y cuánto hay que echarse? Según la AEMPS (Agencia Española dl Medicamentos y Productos Sanitario) recomienda usar dos líneas de producto extendidas a lo largo de los dedos índice y corazón para el rostro. Para el cuerpo completo, se recomienda utilizar aproximadamente 30 ml (equivalente a dos cucharadas soperas o el contenido de un vaso de chupito).

Los protectores solares deben aplicarse entre 20 y 30 minutos antes de la exposición solar para permitir que los filtros se activen adecuadamente.  Además, hay que echarse protector cada dos horas como mínimo, y con mayor frecuencia si nos hemos bañado o sudado en exceso.

A la hora de aplicar la protección solar hay zonas que olvidamos con frecuencia, como las orejas, el dorso de las manos o los empeines. Es importante protegerlas también. Y lo mismo pasa con el cuero cabelludo en personas calvas o con poco pelo.

También existen recomendaciones especiales si se va a realizar deporte al aire libre. Teniendo en cuenta que durante el ejercicio se produce mucha sudoración es importante buscar formulaciones resistentes al sudor y al agua. Además, la reaplicación debe ser frecuente

Los bebés menores de 6 meses no deben exponerse directamente al sol, y en caso de exposición inevitable, debe aplicarse protector solar específicamente formulado para bebés en pequeñas áreas como rostro y manos. Para niños mayores, se recomienda utilizar protectores solares con SPF 50+ específicamente diseñados para piel pediátrica, que suelen ser hipoalergénicos y resistentes al agua.

Una llamada (hecha por la IA) puede evitar un ingreso
Cronofarmacología: ¿a qué hora me tomo la pastilla?

About the Author: Alberto Morán

Licenciado en farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realicé mi tesis doctoral en el Departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Facultad de Farmacia. Posteriormente hice un Máster en Dirección de Empresas Biotecnológicas. Trabajé casi un año en una consultoría de biotecnología. Posteriormente fui investigador y docente en la Universidad Complutense de Madrid durante siete años. Mi carrera investigadora se desarrolló en el estudio de los mecanismos moleculares del cáncer (colon y pulmón esencialmente). En noviembre de 2012 abandoné definitivamente el laboratorio. En la actualidad soy titular de una oficina de farmacia.

¡Compartir artículo!

Leave A Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.