Los biólogos de la generación nacida en la década de 1940 y el aroma del Centro de Investigaciones Biológicas (CIB)

Dimensiones sociales

Entre los revulsivos a que ha dado lugar la Covid-19 está la emergencia de los científicos en los medios de comunicación y la expresión clara de la sociedad por la esperanza que representan la ciencia y la técnica para encontrar soluciones: tratamientos, vacunas e incluso la mejora en calidad e intensidad de los diagnósticos.

Ha servido asimismo para valorar las cualidades profesionales y las actitudes heroicas del conjunto del personal sanitario, a la par que se ha revisado el mito de que teníamos el mejor sistema sanitario del mundo, esta es una cuestión que no es objeto de este artículo porque su trascendencia merece trato aparte[1]. Anticipo sobre este punto que quizá tuvimos ese liderazgo en los gloriosos primeros tiempos de la Transición, pero la crisis económico-financiera de 2008 y los recortes en el espacio de la sanidad pública como secuela, lo han debilitado hasta el extremo de que su eficiencia y eficacia han descansado en la elevada calidad profesional y la responsabilidad del personal a todos los niveles.

Las encuestas de percepción social sobre instituciones en España que no son muy frecuentes en esta última década han revelado de modo constante una muy positiva opinión sobre los médicos y los científicos, los dos colectivos que están en la palestra con motivo de la pandemia de la Covid-19. Algunos creemos que esa valoración es más un efecto de la deseabilidad que de un real conocimiento y de la suficiente cultura acerca de lo que es la ciencia en general y la biomédica en particular y en torno a cómo se construye y se gestiona.

En el caso de esta emergencia sanitaria, el liderazgo ha recaído, como era lógico, en epidemiólogos y expertos en salud pública y dentro de la clínica en los intensivistas y los especialistas en enfermedades infecciosas. Pero también ante las ansias de un futuro más estable en los aspectos sanitarios y económicos que suponga una recuperación de la llegada del SARS-CoV-2 se sitúa la esperanza de la ciudadanía en la vacuna. Esta esperanza debería modularse con tiempo de análisis y reflexión si queremos un futuro del planeta más ajustado a los objetivos del desarrollo sostenible.

Esta atención en las vacunas ha sido el motivo de este artículo bajo la perspectiva española porque los cuatro líderes de los proyectos de vacuna en diferente estado de desarrollo y de potencial son investigadores veteranos, pertenecen a la generación nacida en la década de 1940, están en sus setenta y han tenido relación en su carrera científica con el Centro de Investigaciones Biológicas (CIB) sito en Madrid. Sus nombres son Mariano Esteban, Luis Enjuanes, los dos actualmente en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB), Vicente Larraga (CIB) y Esteban Domingo (Centro de Biología Molecular Severo Ochoa, CBMSO), todos pertenecientes al CSIC.

Luis Enjuanes

El Centro de Investigaciones Biológicas Margarita Salas

El CIB fue una interesante experiencia de transición entre lo que los historiadores de la ciencia en España han llamado “el medio siglo de oro” para referirse al periodo entre el final del siglo XIX y los primeros treinta y cinco años del siglo XX y el intento del estado administrativo del tardofranquismo (según palabras de Alejando Nieto[2]) para situarse, en cuanto se abandonara la autarquía, en condiciones de competir con los países del entorno con aporte de una ciencia adecuada.

El CIB nació por lo tanto como un proyecto de recuperación de los restos de una investigación biomédica sacudida por la Guerra Civil y como fruto de la colaboración entre el Secretario General del CSIC, José María Albareda y el famoso médico e intelectual Gregorio Marañón. Según el trabajo de Concepción García Mendoza y Mª Jesús Martínez sobre los 50 años de la microbiología en el Centro de Investigaciones Biológicas[3], el CIB fue el resultado de la ubicación en  un nuevo edificio  del arquitecto Miguel Fisac de la calle de Velázquez 138 (posteriormente renumerado como 144) de los institutos Ramón y Cajal, Jaime Ferrán de Microbiología y de Metabolismo y  Nutrición a instancias como ya se ha dicho de Gregorio Marañón, con Julián Sanz, Arnaldo Socías y José Luis Rodríguez Candela como responsables , apoyados por José María Albareda, Secretario General del CSIC y Avelino Pérez Geijo.

El proyecto iniciado en 1953 , se inauguró en 1958 .Desde entonces la vida científica y la organización administrativa del mismo fueron ejemplo de lo que es infrecuente en España: la dinámica del cambio y la visión de punto de partida, de casa madre de la nueva biología, y de cantera de catedráticos, responsables  de la gestión de la ciencia (política científica) y sobre todo de una pléyade de investigadores que ha llenado laboratorios de investigación, de iniciativas y proyectos abiertos a la esperanza, en instituciones españolas, internacionales, e incluso contribuyendo a la creación y desarrollo de empresas de base tecnológica y a la colaboración con empresas de los sectores farmacéutico y biomédico.

No conozco que se hayan hecho muchos estudios históricos sobre las instituciones involucradas en la creación de la ciencia española: como ejemplos señalo los clásicos trabajos de José Manuel Sánchez Ron y Ana Romero de Pablos[4] sobre la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE)[5], la Fundación Nacional para Investigaciones Cientificas y Ensayos de Reforma, la Junta de Energía Nuclear/CIEMAT)[6].

No parece fácil hacer la historia del CIB puesto que en la búsqueda de documentos sobre esta cuestión se encuentra una colección muy incompleta y errática de memorias, con identificación de las correspondientes a los años 1983, 1964 y 1965 que se interrumpen hasta llegar a los años finales de la primera década del 2000. Recomiendo no obstante la lectura de un interesante libro publicado como conmemoración de los cincuenta años del CIB gracias al patrocinio de la Fundación Areces y bajo la coordinación de Vicente Larraga y Julio Rodríguez Villanueva[7].

La creación del Instituto de Biología Celular y la década prodigiosa

Este breve ensayo promovido por el destacado papel de cuatro investigadores del CSIC en la persecución de vacunas frente al coronavirus responsable de la Covid-19 tiene como objetivo principal hablar del entorno en el que se formaron en los principios de su carrera investigadora.

Dentro del proyecto innovador y restaurador que fue el CIB, hubo un importante momento en la primera década de su funcionamiento. La primera fase del proceso fue la incorporación al mismo de cuatro investigadores. Habían contado con un gran apoyo, directo en tres de ellos e indirecto en el cuarto, por parte de José María Albareda. Sus nombres y áreas de investigación eran: Gonzalo Jiménez Martín (Citología vegetal), Manuel Losada Villasante (Bioquímica vegetal y Fotosíntesis), Julio Rodríguez Villanueva (Bioquímica de microorganismos con foco en el suelo), es decir la conexión entre la biología moderna y los estudios sobre el suelo, especialidad de Albareda. El cuarto, David Vázquez Martínez evolucionó desde la microbiología de las fermentaciones a la biología molecular a través de la biosíntesis de proteínas y la acción de los antibióticos como el cloranfenicol y la estreptomicina. Tras brillantes estancias en instituciones internacionales de prestigio, su integración en el CIB cristalizó con la creación del Instituto de Biología Celular en 1965, cada uno de los tres primeros liderando una Sección mientras que el cuarto realizaba una brillante estancia en la Universidad de Cambridge. Para trabajar con los tres primeros muy al principio, antes de la creación de este instituto, y en connivencia con Albareda llegaron al CIB doctorandos de la Facultad de Farmacia: Jorge Fernández López-Sáez en citología, José Luis Cánovas Palacio-Valdés en bioquímica vegetal y quien escribe en bioquímica de microoorganismos. Tras la creación del Instituto, la incorporación de David Vázquez fue decisiva para la entrada de nuevo personal dando origen a un grupo de investigación puntero a nivel internacional. Muy pronto Rodríguez Villanueva y Losada ganaron cátedras en Salamanca (microbiología) para el primero, y Sevilla (bioquímica) para el segundo. David asumió la dirección con nuevos bríos, incluso en fase tan temprana de la vida institucional y promovió a dos de la segunda generación (J.L. Cánovas y E. Muñoz) para hacerse cargo de las secciones que dejaban los dos nuevos catedráticos. Este cambio supuso transformaciones también en los programas de investigación con la introducción de la genética microbiana y el análisis de la división celular en bacterias gram negativas por JLC y de la bioquímica de membranas con estudios sobre la estructura y función de ATPasas bacterianas por EM. Previamente habían llegado al Instituto Gregorio Marañón, Margarita Salas y Eladio Viñuela a su regreso del laboratorio de Severo Ochoa para encabezar el desarrollo de la biología molecular y la virología molecular en nuestro país con trabajos seminales en el fago fi 29 y el virus de la peste porcina. Para trabajar en los laboratorios de David, Eladio y Margarita llegaron científicos procedentes de Cataluña como Juan Modolell, Esteban Domingo y Cristina Escarmis.

José María Albareda

Se evoluciona a lo que se puede tildar de década prodigiosa del CIB, no tanto por los directores de los grupos sino sobre todo gracias a la pléyade de jóvenes doctorandos que iban a trabajar con denuedo y capacidad y con ello contribuir a la modernización de la biología en nuestro país. Nombro a algunos de los integrantes, sin ánimo de ser exhaustivo: Miguel Vicente, Jesús Ávila, Juan Ortin, Mariano Barbacid, Enrique Battaner, Rafael Fernández-Muñoz, María Luisa Celma, Ángel Pellicer y Alberto Marquet (desaparecido en plena juventud y gran colaborador y amigo).

El CIB fue una burbuja de creatividad y responsabilidad científica y social, de seminarios de alto nivel, de visitas de investigadores extranjeros de prestigio, de que la biblioteca se convirtiera en el lugar de consulta obligada para los profesores universitarios de estas áreas de la biología. Y se produjo la consolidación de lo que podríamos denominar el espíritu de Velázquez: la consecución de los éxitos científicos persiguiendo la competencia en un ambiente de cooperación y amistad[8].

Dos logros colaterales: la Sociedad Española de Bioquímica y el VI Congreso de la FEBS

Todo ello unido al regreso virtual de Severo Ochoa condujo a dos logros de repercusión no solo nacional sino internacional: la creación de la Sociedad Española de Bioquímica, hoy Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular (SEBBM) y como secuela la celebración del VI Congreso de la Federación Europea de Sociedades de Bioquímica (FEBS). Dos iniciativas para las que fue indispensable el liderazgo de Alberto Sols con los apoyos de Severo Ochoa y el primer ministro de Educación y Ciencia y prestigioso químico Manuel Lora-Tamayo.

La Sociedad Española de Bioquímica nació en 1963 en la Reunión de Bioquímica de Santiago de Compostela y con esa iniciativa se abría una etapa para el asociacionismo científico en nuestro país. Con esta creación formamos parte de la Federación Europea de Sociedades de Bioquímica y apenas seis años después con los mismos actores implicados, España acometió el reto de celebrar el VI Congreso de dicha Federación. El evento preparado con enorme esfuerzo e ilusión estuvo a punto de fracasar porque el Gobierno del general Franco había declarado el estado de sitio. Se produjo una fuerte reacción de algunas comunidades científicas de países que decían defender la democracia y propusieron el bloqueo de la reunión. Afortunadamente gracias al prestigio alcanzado por la comunidad científica española en las áreas de la bioquímica y la biomedicina se pudo revertir el bloqueo invocando el derecho de tal comunidad científica española a acercar su prestigio a la comunidad internacional y este prestigio ganó el debate y se celebró con notable éxito como prueba la reseña del 50 aniversario de tal evento[9].

Corolario: ¿Por qué no un modelo de desarrollo basado en los conocimientos científicos y técnicos?

Antes de terminar y hacer una propuesta, un comentario personal con el que quiero subrayar que la generación que llegó al CIB a finales de la década de 1960 y que desarrolló sus carreras profesionales entre 1970 y 1990 fue un instrumento que contribuyó y se apoyó en la Ley de Fomento y Coordinación General de la Investigación Científica y Técnica (Ley de la Ciencia) y la Ley General de Sanidad promulgadas en abril de 1986.

La lección es clara: políticas, instituciones y sobre todo recursos financieros y un capital humano de científicas y científicos configuraron un entorno que permitió a la ciencia española situarse en la primera línea del concierto mundial.

En analogía con la estrategia de las Escuelas de Negocios que se apoyan en casos de éxito,  con este caso me pregunto  si ante los problemas que la pandemia Covid-19 y su salida van a plantear en el modelo de desarrollo basado en el turismo y la  burbuja inmobiliaria, no se podría buscar una estrategia basada en el conocimiento científico y técnico con temas asociados con los objetivos del desarrollo sostenible: energías renovables, industrias biosanitarias, sectores de desarrollo de la seguridad alimentaria,  actividades relacionadas con los mares y océanos ( biología marina, preservación de los océanos y de sus recursos), industrias de la cultura conectadas para la acción cooperativa.

¡Una apuesta de futuro!

 

[1] https://elpais.com/opinion/2020-05-03/la-centralidad-social-y-politica-del-trabajo.html

[2] A. Nieto,  Testimonios de un jurista(1930-2017), https://www.marcialpons.es/libros/testimonios-de-un-jurista/9788494741500/

[3] http://digital.csic.es/bitstream/10261/10672/1/50CIB.pdf

[4]https://es.wikipedia.org/wiki/Junta_para_Ampliaci%C3%B3n_de_Estudios_e_Investigaciones_Cient%C3%ADficas

[5] https://editorial.csic.es/publicaciones/libros/3875/978-84-00-06931-5/la-junta-para-la-ampliacion-de-estudios-e-investig.html

[6] https://dialnet.unirioja.es/servlet/libro?codigo=563084

[7]https://digital.csic.es/handle/10261/185492

[8] Suelo acudir a una anécdota para dar imagen de este espíritu. En aquellos tiempos, las sesiones nocturnas de cine terminaban en Madrid sobre la 1 de la madrugada. Si al regreso se pasaba por Velázquez, esquina a Joaquín Costa, solía haber bastantes luces encendidas: los doctorandos trabajando favorecidos por este espíritu.

[9] https://www.sebbm.es/web/es/congresos/aniversario-del-vi-congreso-febs

 

 

 

By | 2020-05-19T13:25:57+00:00 mayo 19th, 2020|Divulgación, Opinión, portada|0 Comments

About the Author:

Emilio Muñoz
Emilio Muñoz, socio promotor de la AEAC, nace en Valencia en 1937. Es Doctor en Farmacia, Profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el área de Biología y Biomedicina. Actualmente vinculado “ad honorem”en el Instituto de Filosofía del CSIC, Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad.

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