El sueño también crece. ¿Cómo cambia mientras crecemos?

Dormir también cambia a lo largo de los años

Dormir no es simplemente cerrar los ojos y desconectar. Mientras dormimos, nuestro cerebro continúa trabajando y pasa por diferentes estados que se organizan de una manera muy precisa. Y esa organización no permanece igual durante toda nuestra vida.

El sueño de un niño pequeño no es igual que el de un adolescente, ni el de este es exactamente igual que el de un adulto. De hecho, el sueño madura a medida que madura nuestro cerebro. Por eso, la infancia y la adolescencia son etapas especialmente interesantes para estudiar cómo se produce esta transformación.

A menudo pensamos en el sueño sobre todo en términos de cantidad: cuántas horas dormimos o cuántas deberíamos dormir. Sin embargo, tan importante como cuánto dormimos es cómo está organizado ese sueño.

Cuando realizamos un estudio polisomnografico, que permite registrar diferentes variables mientras una persona duerme, podemos observar esa estructura interna. A lo largo de la noche pasamos por distintas fases (N1, N2, N3 y REM) que se van alternando y organizando en varios ciclos. De forma muy simplificada, N1 es la fase de transición hacia el sueño, N2 corresponde a un sueño más estable, N3 es el llamado sueño profundo y REM es una fase con una intensa actividad cerebral, muy relacionada con los sueños. A esta distribución de las distintas fases la llamamos arquitectura del sueño.

Y esa arquitectura cambia con la edad.

¿Qué ocurre durante la infancia y la adolescencia?

Esta fue precisamente la pregunta que nos planteamos en un trabajo recientemente publicado en Clinical Neurophysiology. Desde los primeros estudios sobre el sueño sabemos, por ejemplo, que los niños tienen una mayor proporción de sueño profundo que los adultos. Sin embargo, está menos claro cómo va evolucionando la proporción de las distintas fases a lo largo de toda la infancia y la adolescencia.

Para estudiarlo analizamos 419 polisomnografías realizadas en niños y adolescentes de entre 1 y 18 años en la Clínica Universidad de Navarra. Dividimos a los participantes en cuatro grupos según su edad: niños pequeños de 1 a 2 años, preescolares de 3 a 5, niños en edad escolar de 6 a 12 y adolescentes de 13 a 18 años.

Nuestro objetivo era conocer cómo iba cambiando la organización del sueño con la edad y, además, comprobar hasta qué punto esos cambios podían distinguirse de los producidos por los problemas respiratorios durante el sueño.

Lo primero que observamos resulta bastante intuitivo: el tiempo total de sueño disminuía con la edad. En nuestra muestra, los preescolares eran quienes más tiempo dormían y el tiempo de sueño se iba reduciendo hasta llegar a la adolescencia. Los adolescentes, además, tardaban más en quedarse dormidos.

Pero lo más interesante aparecía al mirar cómo se organizaba ese sueño.

Esquema de la arquitectura del sueño por edades

Con la edad aumentaba progresivamente la proporción de sueño N2, mientras disminuía la proporción de sueño REM. En nuestra muestra, los adolescentes pasaban aproximadamente un 51 % de su sueño en N2, frente a alrededor de un 42 % en los niños más pequeños. El sueño REM mostraba la tendencia contraria: descendía desde aproximadamente un 25 % en los niños pequeños hasta un 20 % en los adolescentes.

Dicho de otra manera, el sueño va cambiando de “forma” mientras crecemos.

También encontramos más despertares prolongados y un mayor índice de despertares breves o arousals en los adolescentes. Sin embargo, otros parámetros, como la eficiencia global del sueño, no mostraron diferencias significativas entre los grupos.

Crecer no es lo mismo que dormir peor

Había una cuestión especialmente importante que debíamos tener en cuenta. Los niños y adolescentes incluidos en nuestro estudio habían sido evaluados por sospecha o diagnóstico de apnea obstructiva del sueño. Por tanto, nuestra muestra no representa a toda la población infantil sana.

Esto nos obligaba a intentar separar dos fenómenos: los cambios que aparecen de manera natural conforme el cerebro madura y aquellos relacionados con un trastorno respiratorio que puede fragmentar el sueño.

Al repetir los análisis teniendo en cuenta la gravedad de las alteraciones respiratorias, vimos que los cambios de la arquitectura del sueño relacionados con la edad se mantenían. La apnea, en cambio, mostraba una relación especialmente importante con fenómenos de microfragmentación del sueño, como los despertares breves.

Esto ayuda a entender una distinción fundamental: el sueño puede cambiar porque el niño está creciendo y, al mismo tiempo, un trastorno puede alterar la continuidad de ese sueño.

Hacia un sueño más parecido al del adulto

Uno de los resultados que más nos llamó la atención fue que, durante la adolescencia, la distribución de las fases del sueño empezaba a mostrar características similares a las descritas en adultos: fundamentalmente, una mayor proporción de sueño N2 y una menor proporción de sueño REM.

Es una observación que puede tener interés clínico, porque existe cierta flexibilidad respecto a cuándo utilizar criterios pediátricos o de adulto para interpretar algunos parámetros de las polisomnografías de los adolescentes.

Hay que ser prudentes, sin embargo. Nuestro estudio no incluyó un grupo de adultos con el que realizar una comparación directa. Cuando hablamos de un patrón más parecido al del adulto, lo hacemos comparando nuestros resultados con los datos previamente publicados en población adulta.

El sueño adolescente no es simplemente el sueño de un adulto pequeño

Entender cómo madura la arquitectura del sueño también permite mirar la adolescencia desde otra perspectiva.

En esta etapa se producen importantes cambios biológicos que afectan al sueño y al ritmo circadiano. Al mismo tiempo, aumentan las exigencias académicas y sociales y cambian los horarios, la exposición a la luz y el uso de dispositivos electrónicos.

Por eso, cuando un adolescente tiene dificultades para dormirse temprano, no todo puede explicarse simplemente por los hábitos o la falta de disciplina. Su sueño está atravesando una transformación biológica que debemos tener en cuenta.

Y quizá ahí se encuentre una de las ideas más importantes que la investigación sobre el sueño puede trasladar a la sociedad: dormir no es apretar un interruptor. Nuestro sueño es el resultado de numerosos procesos biológicos y ambientales y, como acabamos de ver, tampoco permanece inmóvil a lo largo de la vida.

Precisamente esa fue una de las razones que nos llevó a escribir Vamos a dormir: mitos y verdades (Ediciones Palabra). Alrededor del sueño circulan innumerables consejos, normas y afirmaciones que repetimos casi automáticamente: cuánto deberíamos dormir, qué significa dormir bien, qué podemos hacer para conseguirlo o qué hábitos son realmente perjudiciales. En el libro intentamos separar, de una manera accesible, aquello que cuenta con respaldo científico de los mitos que se han ido instalando en nuestra forma de entender el sueño. Hemos querido dejar por escrito las numerosas cuestiones que suelen plantearnos los pacientes en una consulta de una unidad de sueño.

La investigación sigue añadiendo piezas a ese conocimiento. Trabajos como este nos recuerdan, además, que no existe una única manera de dormir válida para todas las edades. Para entender el sueño debemos tener en cuenta el momento de la vida en el que nos encontramos.

Porque, al igual que nuestro cerebro, nuestro sueño también crece y madura con nosotros.

Artículo original citado

Echeveste B, Manzanilla O, Zapatel R, Irazabal N, García-Penco C, Cortés V, Alegre M, Urrestarazu E. Age-related changes in sleep macroarchitecture across childhood and adolescence in a paediatric clinical polysomnography cohort. Clin Neurophysiol. 2026 Oct;190:211197  https://doi.org/10.1016/j.clinph.2026.2111977 . Epub 2026 Jun 12. PMID: 42308587.

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Somos neurólogas y neurofisiólogas de la Clínica Universidad de Navarra. Nuestro trabajo clínico y de investigación nos ha llevado a interesarnos especialmente por el sueño: por qué dormimos y cómo dormimos, cómo cambia a lo largo de la vida y qué ocurre cuando aparecen trastornos que interfieren con él. Somos también autoras del libro divulgativo Vamos a dormir: mitos y verdades (Ediciones Palabra), un libro en el que intentamos acercar al público general lo que la ciencia sabe sobre algo a lo que dedicamos aproximadamente un tercio de nuestra vida.

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