El Club de los Desayunos Filosóficos (reseña)

Hoy os traemos en Dciencia la reseña escrita por César Ullastres de «El Club de los Desayunos Filosóficos», de Laura J. Synder, un libro muy interesante sobre cuatro amigos científicos que cambiaron totalmente el mundo de la ciencia en el siglo XIX. Un libro en el que podemos descubrir incluso que ellos fueron los creadores de la palabra scientist para nombrar a los científicos. O que fueron los que “crearon” la figura del científico profesional. Esperamos que os guste.

Lo primero que llama la atención al entrar en este libro es la cantidad de sorpresas que hay dentro. La primera es saber cuándo y cómo los que hacían ciencia, que, por entonces, sobre todo consistía en observar, coleccionar y describir seres y hechos naturales, consiguieron ponerse nombre: científicos. Nosotros vemos las cosas a través de sus nombres y las nombramos. Es decir, que por obra de algo esencialmente humano como lo es un nombre, o una abstracción, podemos situar la realidad, determinarla por referencia a nosotros y, situándola, hacernos con ella.

El nuevo término de científico apuntaba un cambio más profundo en la forma de practicar la ciencia. Fue en esos años cuando se produjo la aparición de carreras profesionales relacionadas con la ciencia, la creación de nuevas sociedades, la secularización de la actividad científica y la asociación de la ciencia con los valores de la nueva burguesía emergente: meritocracia, progreso, industria. En otras palabras, buena parte de las características que habitualmente se asocian con la ciencia moderna surgieron en las primeras décadas del siglo XIX para consolidarse en las siguientes.

El “Club de los Desayunos Filosóficos” era un grupo informal de filósofos naturales, que compartían aulas y amistad en la Universidad de Cambridge, agrupados para debatir y recuperar a su admirado Bacon que había fallecido doscientos años antes. Francis Bacon, político, abogado, ensayista y reformador de la ciencia que vivió entre 1561 y 1626 fue uno de los pioneros del pensamiento científico moderno, afirmaba que el conocimiento científico era una fuerza desinteresada del bien. Su idea más radical era que la sabiduría, el conocimiento, debería dar frutos, que la ciencia debería ayudar a transformar las condiciones de vida y proclamaba: “conocimiento es poder”, en el sentido de que conocer la naturaleza proporcionaría al hombre poder para controlar al mundo natural con el fin de realizar las mejoras necesarias para el bienestar de la sociedad.

William Whewell (1794-1866), John Herschel (1792-1871), Richard Jones (1790-1855) y Charles Babbage (1791-1871), los cuatro amigos del Club, defendían a ultranza que la ciencia, que el proceso científico es inevitablemente un proceso social. Los descubrimientos no se hacen en el vacío, sino en medio de la política, la rivalidad, la competencia, la cooperación y el ansia de conocimiento y poder.

Charles Babbage y su máquina analítica

El 24 de junio de 1833 la British Association for the Advance of Science (BAAS) convocó su tercer encuentro, Whewell habló con entusiasmo defendiendo la importancia tanto de los datos como la teoría. A los practicantes de la ciencia se les llamaba por entonces “hombres de ciencia” o filósofos naturales. En una agitada discusión con el poeta Coleridge, que no estaba de acuerdo con que a los que se dedicaban a la ciencia se les llamara filósofos, fue Whewell quien propuso que por analogía con artista podemos elegir el nombre de científicos (en inglés, de art viene artist y de science propusieron scientist). Y así fue, y aunque habrían de pasar décadas para que el término científico adquiriese un uso común, es sorprendente descubrir que no existía antes de 1833. La nueva revista Nature utilizó el nuevo nombre desde su primera publicación en 1869 pero el término no se utilizó habitualmente hasta principios del siglo XX.

La Royal Society de Londres había empezado mucho antes, en la década de 1640 y se convirtió en asociación oficial con el marchamo real en noviembre de 1660. Empezaron a reunirse semanalmente para observar y analizar experimentos, a la vez que mostrar al resto de la sociedad lo que iban descubriendo. La exhibición dosificada formaba parte del repertorio de un naturalista que tenía que moverse entre la selva, la corte y la academia, tres espacios tupidos donde los haya y donde los individuos sobreviven ejercitando la autopromoción y la autopropaganda. La sociedad, pronto ganó influencia y se hizo habitual que el Gobierno de Su Majestad remitiera cuestiones científicas de gran importancia a su consejo en busca de asesoramiento. A sus reuniones periódicas acudían aristócratas y ricos, lo que la convirtió en un lugar muy elitista. En 1778 accedió a la presidencia de la sociedad Joseph Banks que, sorprendentemente, la mantuvo durante más de cuarenta años; Banks era extremadamente autocrático e imponía su voluntad sobre el resto de sus miembros generando incomodidad en muchos que no podían acceder por su falta de medios o de contactos.

En 1819 Whewell y otros habían creado la Sociedad Filosófica de Cambridge, el prolegómeno de la BAAS. Desde ahí, Whewell aportó una visión específica de lo que hace el científico moderno que comprende la necesidad de datos, organiza el esfuerzo internacional para obtener los que necesita, busca colaboradores para procesarlos y, muy importante, financiación para toda la empresa. La antigua imagen del filósofo natural, un aficionado, a menudo un clérigo, que recogía fósiles, o se embarcaba para descubrir nuevas plantas y animales, o realizaba experimentos en sus horas libres, había quedado totalmente transformada en la de científico: un profesional que había estudiado en la universidad y que se había graduado en ciencias, que pertenecía a organizaciones científicas y leía revistas científicas, y que podía solicitar subvenciones para financiar su trabajo.

Al final Whewell acabó ingresando en la Royal Society. No sé si la BAAS fue el primer ejemplo del asociacionismo paralelo de los científicos, siempre en busca de la recompensa simbólica y reconocimiento social, la savia que alimenta el árbol de la ciencia. Lo que sí sé es que el afán por el asociacionismo de los científicos es una práctica habitual en nuestros días. En España, por ejemplo, algunas asociaciones imitaron el nombre. Luis Simarro, uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza que le enseñó a Santiago Ramón y Cajal el método de tinción del sistema nervioso que había ideado Camilo Golgi, médico italiano con el que luego compartiría el Premio Nobel en 1906, también fue promotor y presidente de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias en 1910. Más recientemente, en la flamante presentación de la Asociación Española para el Avance de la Ciencia a finales de 2018, uno de los asistentes reclamó para sí que el mismo nombre de la asociación que se presentaba afirmando que ya existía, aunque no tenían actividad. Todas ellas, como la BAAS, en sus estatutos señalan que su objetivo es promover la apertura de la ciencia a la sociedad y comprometer e inspirar a las personas directamente con la ciencia, la tecnología y sus implicaciones. Todas han fallado en su consecución, tal vez sea que el lema de la Ilustración en el que todas se inspiran, “pensar para saber, saber para poder y poder para hacer”, se quede corto. A mi juicio, deberían centrarse menos en el “por y para la sociedad” y focalizarse más en “con la sociedad” y “en la sociedad”.

Hay más sorpresas en el libro de Laura J. Synder. Aunque mantiene el estilo de la mayoría de libros de historia de la ciencia que, como decía Thomas Carlyle, sobre todo, son la biografía de los grandes hombres y siguen siendo crónicas ininterrumpidas que corretean distribuyendo medallas a aquellos que lo hicieron bien. En el “Club de los Desayunos Filosóficos” también se relatan los aciertos de los protagonistas y lo que aprendían de los errores. En toda la obra subyace cómo hacían la ciencia y qué ciencia querían los cuatro amigos del club, sin omitir sus errores y presentando la ciencia como una historia humana creativa.

Me llamó especialmente la atención como la idea de la máquina aritmética de Babbage, considerado como el padre de la inteligencia artificial, empezó a hacerse realidad examinando las cartas astronómicas calculadas por “computadores”, que era como se llamaba entonces a los hombres y mujeres (normalmente maestros de escuela o agrimensores) que obtenían un ingreso extra en sus horas libres realizando cálculos matemáticos rudimentarios. Babbage recomendaba que para hacer ciencia había que visitar las fábricas, consideraba interesante e instructivo examinar los talleres del país. No solo eso, en los prototipos que construía eran artesanos y carpinteros los socios con los que los hacía, y que, muchas veces, también contribuían a su financiación.

El Club de los Desayunos Filosóficos fue un entorno privilegiado. Parafraseando a Gabriel Ferrater, en ese club se gestaron las grandes masas de líquido en forma de saberes y prodigios que el Romanticismo puso en ondulación y que merece la pena conocer.

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About the Author: Cesar Ullastres

Economista que ha trabajado durante más de 45 años como directivo en empresas e instituciones. Ha publicado libros y artículos sobre política científica, innovación, infotecnología y biotecnología. Ha sido profesor, en las áreas de estrategia empresarial, innovación y creación de empresas, en diferentes universidades y escuelas de negocio.

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2 Comments

  1. Carlos Cobián Babé 2022/09/06 at 4:51 pm - Reply

    Excelente reseña.
    La referencia a Cajal debía recoger su verdadero apellido:
    Ramón y Cajal, Santiago.

    • Alberto Morán 2022/09/08 at 10:19 am - Reply

      Muchas gracias. Corregido.

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