Amateurs, activistas y hackers en ciencia
Abunda la literatura que nos explica lo mucho que la gente le debe a la ciencia. Es verdad que, miremos donde miremos, toda nuestra vida está repleta de artefactos, palabras o prácticas nacidas en un laboratorio. Sin embargo, no es menos cierto que la ecuación podríamos haberla escrito en sentido inverso y preguntarnos también por lo mucho que los científicos le deben a la gente. ¿Tiene la ciencia una deuda con la ciudadanía? ¿Necesitamos también un momento para conjugar la relación ciencia-sociedad en una dirección menos obvia?
En este sentido, lo primero que hay que contar es que siempre ha habido mucha gente interesada en el conocimiento. Se siente atraída por lo distinto, lo extraordinario y lo maravilloso. Toda esa gente sigue siendo el gigantesco soporte que sostiene los miles de museos, jardines y espacios naturales esparcidos por todos los rincones del planeta. Son los espectadores que acuden en masa a las Exposiciones Universales, leen National Geographic y Muy interesante o son fanáticos de la ciencia ficción, la cadena Discovery o las conferencias TED. A nuestro alrededor, se habla de la ciencia como si fuese una industria estratégica que debe ser protegida, incentivada y regulada. Hemos transitado desde considerar la llamada vulgarización de la ciencia como una tarea cuyo objetivo era dotar al humanismo de una componente científica, a un nuevo modelo que la trata como un sector de la economía nacional, como se hace con el deporte, las fiestas populares o la producción de contenidos en las redes sociales, y que mira a los usuarios como clientes.
Y es que la conversión de los espectadores en testigos no es un asunto menor. Lograrlo implica muchas cosas a cuya inteligencia se ha dedicado un libro ejemplar y del que nunca se podrá exagerar su importancia. Shapin y Schaffer, en su libro El Leviatan y la bomba de vacío, explicaron, varias décadas atrás, que la citada metamorfosis requirió encontrar nuevos espacios que atrajeran la presencia de curiosos, lenguajes cercanos con los que poder identificarse y que no espantaran a los asistentes, retóricas ocurrentes que fomentaran en el espectador la ilusión de que su punto de vista importaba, así como ambientes que convencieran a los asistentes de que eran la pieza clave de todo cuanto allí pudiera ocurrir. En definitiva, todo consistía en crear un nuevo tipo de público echando mano de las prácticas exitosas del teatro y la magia. Los científicos de antaño operaban como mediadores, gente de modesta apariencia y pretensiones ilimitadas que se limitaba supuestamente a facilitar un espectáculo jovial.
En efecto, los amateurs, tanto los científicos que ofrecían el espectáculo como el público que asistía a presenciarlo fueron el eslabón perdido que ayuda a entender cómo un puñado de filósofos experimentales censurados lograron en 100 años convencernos de la importancia de los hechos, la necesidad de la crítica y la urgencia del futuro. Cuesta admitirlo, porque, si fueron tan importantes, deberíamos saber más sobre ellos. Pero los amateurs, como las mujeres, son parte del largo séquito de perdedores de la historia: son actores imprescindibles, pero invisibilizados. Todavía necesitaremos décadas para encontrarlos en los archivos, reconocer su mérito y pagar nuestra deuda.
La ciencia ayudaba a entender que esos equilibrios que sostenían el entorno eran precarios y debían ser cuidados. No es de extrañar que esos fueran los años de emergencia del feminismo, el ambientalismo o el obrerismo. Los activistas habían llegado para quedarse y hoy les seguimos debiendo que nos enseñaran a ver el mundo de una manera menos desigual, descarnada e ignorante. Ellos nos invitaron a hacernos otras preguntas y nos forzaron a encontrar distintas respuestas. No solo fueron agentes políticos discutidos y decisivos, sino que también fueron agentes cognitivos capaces de crear preguntas, modos de organización y formas de comunicación tan novedosas como eficientes.
Sin embargo, el activismo científico adquirió toda su fuerza tras la destrucción de Hiroshima y Nagasaki. Algunos científicos se movilizaron para impedir los bombardeos y muchos denunciaron posteriormente la complicidad de la ciencia con el poder, la destrucción y la muerte. Para muchos físicos fue difícil seguir siendo cómplices de la promesa ilustrada de que la ciencia iba a traernos un mundo mejor. Y es que había quedado patente que esta tenía un doble rostro: podía cobijar lo peor y lo mejor del ser humano. Fue por este motivo que los movimientos antinucleares precedieron a otras muchas movilizaciones convergentes en la idea de que otro mundo era posible, y fueron contrarias a la manipulación genética, la experimentación animal o la destrucción del medioambiente, por no citar las más recientes luchas por el clima, la energía o la privacidad. Y, por el camino quedaron miles de pequeñas luchas en defensa de nuestras aguas, nuestras plazas o nuestras hortalizas, amenazadas por vertidos tóxicos, especulaciones inmobiliarias y agresiones a la biodiversidad. Pronto no quedará bosque, semilla, barrio, tribu, especie o enfermedad que no cuente con un colectivo dispuesto a movilizarse para hacernos entender que necesitamos cambiar de actitud, de política y de modo de vida.
Los activistas habían llegado para quedarse y hoy les seguimos debiendo que nos enseñaran a ver el mundo de una manera menos desigual, descarnada e ignorante. Ellos nos invitaron a hacernos otras preguntas y nos forzaron a encontrar distintas respuestas. No solo fueron agentes políticos discutidos y decisivos, sino que también fueron agentes cognitivos capaces de crear preguntas, modos de organización y formas de comunicación tan novedosas como eficientes.
Usamos la expresión hackear algo siempre que logramos imaginar otro modo de usar las tecnologías distinto al imaginado por sus diseñadores y, en consecuencia, no es un asunto de ingenieros, sino también de las amas de casa, las personas discapacitadas o las amigas del cacharreo y las prácticas makers. Prácticas procedentes de los mundos de lo empresarial, lo rural o lo urbano, puesto que todas ellas tienen en común que hicieron cosas que parecían imposibles y fueron exitosas, ya sea por ensanchar el espacio público, ya sea por producir beneficios económicos de forma inesperada. Los hackers también tienen mucho que decir en la producción de conocimiento.
Ciencia en común es un texto introductorio que no aspira a cerrar ningún asunto. Me basta con imaginar que logra abrir una conversación. No es un manifiesto en contra de nada, sino un texto siempre proclive a recomendar el encuentro entre los que saben (los expertos) y los que no saben (los legos). El libro ofrece ejemplos y argumentos para sostener que hay asuntos en los que este encuentro, siempre postergado, se hace tan necesario como prometedor. Nunca se desprecia el saber experto, al contrario, se aboga por la apertura de procesos donde los saberes experimentales y experienciales puedan trabajar en un entorno abierto, afectivo y experimental.
La ciencia es una cosa que se hace en los laboratorios por personas que utilizan lenguajes, herramientas y prácticas extraordinariamente sofisticadas. Nadie discute algo tan obvio. Pero también hay mucho conocimiento contrastado, necesario y urgente que es producido extramuros de la academia. Ciencia en común contiene una invitación a ponerlo en valor y a considerarlo también parte de la historia de la ciencia, y aboga por un tránsito desde la noción de transferencia a la de coproducción.

